La simetría rota del daño
La venganza no es un plato frío; es una combustión lenta que consume primero a quien mantiene el fuego encendido. En estas latitudes, donde el rencor se confunde con la memoria, solemos creer que devolver el golpe restaurará el equilibrio. Error. La justicia es una construcción social, pero la venganza es un impulso biológico, casi animal, que no busca equidad, sino alivio.
El problema es que el daño ya es parte de la biografía. Intentar borrarlo con más sangre o más silencio es como querer limpiar una mancha de tinta con carbón. He visto a hombres gastar sus mejores años diseñando el colapso ajeno, solo para descubrir que, al final del camino, el enemigo ya ni siquiera recordaba el agravio.
Pero hay algo más: la asimetría del recuerdo. Mientras tú perfeccionas cada detalle de tu resentimiento, el otro sigue viviendo. Tu obsesión se convierte en una arquitectura intrincada que solo tú habitas. La venganza exige una simetría que la realidad se niega a proporcionar —como intentar bailar un tango con un fantasma—. El agravio original se transforma en tu posesión privada, un museo de injusticias que solo tú visitas.
La verdadera venganza, la única que tiene un estilo digno de este blog, no es la reciprocidad del dolor, sino la indiferencia absoluta. No hay golpe más letal que seguir caminando mientras el otro espera, inútilmente, que te detengas a odiarlo. Es un arte de ausencia: vaciar de significado el daño recibido, negarle el oxígeno de tu atención.
Porque la venganza tradicional es un diálogo —un intercambio tóxico de golpes y contrgolpes—. La indiferencia, en cambio, es el silencio definitivo. No se trata de perdonar, sino de desclasificar. De archivar el episodio como algo que ocurrió, pero que ya no define tu presente.
Al final, el olvido activo —ese deliberado dejar ir— es la única victoria que no deja resaca. Mientras la venganza común te encadena al pasado, esta victoria silenciosa te libera hacia futuros no contaminados. El rencor resuelto se convierte en un espacio vacío, una habitación que puedes finalmente redecorar con proyectos, paz o simplemente con el sonido de tu propia respiración, libre por fin del eco de aquel viejo agravio.
La última palabra no es la que hiera, sino la que nunca se pronuncia.

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