Hay libros que no envejecen: mutan. Leer Sub Sole de Baldomero Lillo hoy no es un gesto literario: es un ejercicio incómodo de reconocimiento. Sus cuentos no nacen de una teoría ni de una consigna; nacen de la observación rigurosa de una realidad brutal. Lillo no fue un revolucionario ni un marxista: fue un testigo crítico. Y eso, paradójicamente, vuelve su obra más perturbadora.
En Sub Sole, el progreso no redime: aplasta. Los cuerpos, las jornadas, la miseria, todo está expuesto sin adornos. No hay discurso político explícito, pero hay algo más difícil de esquivar: evidencia. Lillo no dice “esto es injusto”; lo muestra hasta que resulta imposible no verlo.
El problema es que, al contrastarlo con el Chile actual, la distancia no tranquiliza. Hoy hablamos de flexibilidad, emprendimiento, meritocracia. El lenguaje cambió; la estructura, no tanto. La precariedad persiste, aunque más sofisticada: ya no se impone con violencia directa, sino que se internaliza. El trabajador sigue siendo reemplazable, pero ahora convencido de que su destino depende solo de él.
Lillo no ofrece soluciones ni consignas. Tampoco neutralidad. Su ética está en la mirada: representar sin distorsión. Y ahí radica su vigencia. En un presente saturado de opiniones, su forma de crítica —mostrar sin explicar— obliga a pensar más allá de los discursos.
Y quizás la pregunta más honesta es esta:
¿Estamos realmente mejor, o simplemente más acostumbrados?
Porque al final, el sol sigue siendo el mismo.


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