Aquí en Copiapó el agua es casi una visita inesperada. Y cuando llueve con cierta intensidad, vuelve una escena conocida: los vados se llenan, el paso se corta, la ciudad se detiene en ciertos puntos como si el desierto recordara, de golpe, que también sabe ser río.
Ahí aparece el puente. No elimina el obstáculo ni cambia su naturaleza. Hace algo más modesto y más importante: inventa una manera de cruzarlo.
Llevamos milenios haciendo esto. Troncos sobre el agua, piedras dispuestas con cuidado, después madera, hierro, acero, hormigón. La técnica cambió, pero el propósito siguió siendo el mismo: conectar dos lugares que estaban separados. Un puente, en el fondo, no es una estructura. Es una idea: que la separación no tiene por qué ser definitiva.
Pero hay otro tipo de distancia que ningún ingeniero mide con una cinta métrica. La que se abre entre una generación y otra. Entre dos personas que dejaron de hablarse. Entre lo que sabemos y lo que todavía no aprendimos.
Para esas distancias también hacen falta puentes, y algunas personas terminan ocupando ese lugar sin proponérselo demasiado. Conocen las historias de los abuelos y entienden el lenguaje de los nietos. Traducen. Explican. Acercan. A veces son padres que sostienen una memoria familiar que de otro modo se perdería. A veces son, simplemente, quienes han vivido lo suficiente para habitar dos mundos a la vez.
Pero ser puente tiene un costo. Un puente soporta peso, y pocas veces alguien se detiene a preguntarle cuánto pesa lo que sostiene. No pertenece del todo a ninguna orilla; solo permite que las orillas se comuniquen.
No todos los puentes son de hormigón. Algunos están hechos de palabras, de memoria, de paciencia. Y son frágiles: una mentira puede quebrarlos, el orgullo puede impedir que alguien vuelva a cruzarlos. El acero se calcula. La confianza, no.
Cruzamos puentes pensando en llegar al otro lado, casi nunca en la estructura que hace posible ese viaje. Nos acostumbramos a que ciertas personas estén ahí, conectando, explicando, perdonando. Hasta que un día el puente deja de estar.
Y ahí entendemos, tarde, cuánto dependíamos de él.


No conozco muchas personas/puente... alguna conocía pero ya la devoró el tiempo.
ResponderEliminarNo sé porqué pero nos alejamos todos... es como si una fuerza desconocida nos empujara hacia la soledad.
De joven yo tenía infinitos amigos, baloncesto, universidad, barrio, trabajo.. infinidad y yo era el nexo de unión de muchos de esos grupos.
Quizás entonces yo era una persona/puente... al menos durante años lo fui... pero como si un terremoto de tiempo y emociones hubiera sucedido todo eso ya no existe.
Ahora, los que aún vivimos, somos como estrellitas apagándose que se alejan por los confines del universo.
Marcos, qué placer leer esta reflexión tan honda sobre el puente como posibilidad. Dices que en Copiapó el agua es casi una visita inesperada y que, cuando llega, obliga a detenerse, y ahí aparece el puente como esa solución modesta que no elimina el obstáculo, pero inventa la manera de cruzarlo. Me gusta cómo llevas esa imagen a otras distancias: las generaciones, las personas que dejaron de hablarse, lo que sabemos y lo que aún no aprendimos. Y es muy certera tu idea de que algunos terminan siendo puente sin proponérselo, sosteniendo memorias, lenguajes y mundos distintos, aunque eso tenga un costo y casi nadie pregunte cuánto pesa lo que cargan. Tu texto recuerda que no todos los puentes son de hormigón: algunos están hechos de palabras, paciencia y confianza, y cuando dejan de estar, entendemos tarde cuánto dependíamos de ellos.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, Marcos.
Es todo triste, si miras los puentes en el blog y nosotros que nos unen, ¿no es bonito...?
ResponderEliminarTe envío mi saludo desde mi tierra, Eslovenia, te he agregado a mis amigos, ¡abrazo y beso, Andreja!
Gran publicación que da para la reflexión. Los de mi generación somos puente entre el mundo analógico al virtual. Cuesta y duele, porque a menudo nos llevan las situaciones actuales que no podemos asimilar, a nostalgiar la libertad, sencillez y amor que tuvimos de pequeños.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo puente.
Bonjour ! Ce que vous expliquez est une belle vérité à laquelle je n'ai jamais pensé en ces termes. Merci pour la lumière que vous avez allumé en mon esprit; Bonne journée.
ResponderEliminarLo que explicas es una gran verdad en la que nunca había pensado en esos términos. Gracias por la luz que has encendido en mi mente; que tengas un buen día.