Hace poco en mi país, dos parvularias se perdieron en el Cajón del Maipo. Un temporal las dejó aisladas casi una semana en un refugio de montaña, junto a un tercer excursionista, mientras Carabineros y PDI montaban un operativo de búsqueda con lo único que tenían a mano: sus fotos de Instagram. Cuando finalmente las encontraron, con vida, exhaustas, el rostro hinchado por el frío, algo no calzaba. Las imágenes que circularon en redes durante la búsqueda —pómulos marcados, piel tersa, mirada editada hasta la perfección— no se parecían casi en nada a las mujeres que subieron al helicóptero. El país entero hizo un chiste con eso, memes, caricaturas. Yo me sorprendí, un poco. Pero después me quedé pensando en otra cosa, menos graciosa.
No es un problema del norte, aunque yo escriba siempre desde acá, desde este desierto donde el paisaje no tiene cómo mentir. Es un problema más ancho, transversal, que atraviesa cualquier ciudad y cualquier feed: hemos llegado a un punto en que la cara editada es más reconocible socialmente que la cara real. No hablo solo de vanidad —eso sería fácil de descartar, cualquiera quiere verse mejor en una foto— sino de algo más raro: una suerte de disociación entre el cuerpo que uno habita y la imagen que uno administra. Dos identidades paralelas que dejaron de tocarse.
Lo pienso en términos casi clínicos, aunque no soy quién para diagnosticar nada. Pero hay algo del orden de lo disocial en construir, sostener y defender una versión de uno mismo que el propio cuerpo ya no puede confirmar. Cuando el filtro deja de ser un retoque ocasional y se vuelve la cara por defecto, el rostro real empieza a sentirse como un error, una versión sin corregir, algo que hay que disculpar o esconder. Y ahí el problema deja de ser estético. Se vuelve un problema de identidad: ¿quién es uno, la persona que camina por la calle o la que existe en el scroll de los demás?
Se podría decir, con algo de ironía, que estas dos parvularias fueron encontradas dos veces: primero por Carabineros, en la montaña, y después por el país entero, que las reconoció como personas reales recién cuando el filtro dejó de estar disponible. El frío hizo lo que ninguna autocrítica había hecho antes: las devolvió a su cara.
No tengo una salida ordenada para esto, y prefiero no fingir que la tengo. Lo que sí creo es que hay una diferencia entre mostrarse —que siempre implica elegir un ángulo, una luz, un momento— y borrarse, que es lo que pasa cuando la edición ya no elige sino que sustituye. Uno puede vivir años sin notar la diferencia, hasta que aparece una emergencia real, un rescate, una urgencia donde la imagen tiene que servir para algo más que gustar: tiene que servir para ser encontrado. Y ahí, cuando la vida depende de que te reconozcan, el filtro se vuelve una forma silenciosa de desaparición.
Quizás aprender a vernos sin filtro no sea un ejercicio de autoestima, como se suele vender, sino algo más simple y más cotidiano : mantener una cara que, en caso de necesidad, alguien pueda usar para encontrarnos.
O quizás y sólo quizás la mayor revolución de esta época no sea desarrollar mejores filtros, sino aprender a vivir sin ellos. Porque la autenticidad siempre será más difícil de conseguir que una imagen perfecta, pero también será infinitamente más valiosa.


El tema es más preocupante de lo que parece.
ResponderEliminarYo me discutí con mi hermana un día que me enseñó lo "bien" que había quedado en unas selfies que se había hecho.
No era mi hermana... era mi hermana retocada hasta la ridiculez.... ni se parecía... y con veinte años menos....
Luego me quedé pensando en algo más grave... ella se creía que era ella de verdad en esas fotos, no era capaz de discernir el burdo engaño... eso sí que me dejó preocupado.
Marcos, qué texto tan necesario y tan bien planteado. Esa historia de las dos parvularias perdidas en el Cajón del Maipo revela algo que va mucho más allá del chiste fácil: la distancia cada vez mayor entre la cara que mostramos y la cara que realmente habitamos.
ResponderEliminarImpresiona cómo lo cuentas: el país entero buscando a dos mujeres que, en realidad, no se parecían a las fotos que las representaban. Ese contraste entre los rostros editados que circulaban en redes y los rostros reales, hinchados por el frío, dice más de nuestra época que cualquier ensayo académico.
Me ha tocado especialmente esa idea de las dos identidades paralelas que ya no se tocan, esa disociación entre el cuerpo y la imagen que uno administra. Cuando el filtro deja de ser un retoque y se convierte en la cara por defecto, la versión real empieza a sentirse como un error que hay que esconder.
Y tienes razón: el problema deja de ser estético y pasa a ser de identidad. ¿Quién es uno, la persona que camina por la calle o la que existe en el scroll de los demás? Qué potente esa imagen de que fueron “encontradas dos veces”: primero por Carabineros y después por el país, que solo reconoció a las personas reales cuando el filtro dejó de estar disponible.
Tu reflexión final es brillante: aprender a vernos sin filtro no es un acto de autoestima, sino de supervivencia. Mantener una cara que, en caso de necesidad, alguien pueda usar para encontrarnos.
Un texto profundo, lúcido y valiente. Un fuerte abra
Se ha llegado al tope de la ridiculez. La vanidad ha sido uno de los puntos más débiles de la gente, un gancho infalible. Quieren ir de jóvenes y perfectos infinitamente.
ResponderEliminarUn abrazo.