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jueves, 6 de agosto de 2026

Vernos sin filtro


Hace poco en mi país, dos parvularias se perdieron en el Cajón del Maipo. Un temporal las dejó aisladas casi una semana en un refugio de montaña, junto a un tercer excursionista, mientras Carabineros y PDI montaban un operativo de búsqueda con lo único que tenían a mano: sus fotos de Instagram. Cuando finalmente las encontraron, con vida, exhaustas, el rostro hinchado por el frío, algo no calzaba. Las imágenes que circularon en redes durante la búsqueda —pómulos marcados, piel tersa, mirada editada hasta la perfección— no se parecían casi en nada a las mujeres que subieron al helicóptero. El país entero hizo un chiste con eso, memes, caricaturas. Yo  me sorprendí, un poco. Pero después me quedé pensando en otra cosa, menos graciosa.

No es un problema del norte, aunque yo escriba siempre desde acá, desde este desierto donde el paisaje no tiene cómo mentir. Es un problema más ancho, transversal, que atraviesa cualquier ciudad y cualquier feed: hemos llegado a un punto en que la cara editada es más reconocible socialmente que la cara real. No hablo solo de vanidad —eso sería fácil de descartar, cualquiera quiere verse mejor en una foto— sino de algo más raro: una suerte de disociación entre el cuerpo que uno habita y la imagen que uno administra. Dos identidades paralelas que dejaron de tocarse.

Lo pienso en términos casi clínicos, aunque no soy quién para diagnosticar nada. Pero hay algo del orden de lo disocial en construir, sostener y defender una versión de uno mismo que el propio cuerpo ya no puede confirmar. Cuando el filtro deja de ser un retoque ocasional y se vuelve la cara por defecto, el rostro real empieza a sentirse como un error, una versión sin corregir, algo que hay que disculpar o esconder. Y ahí el problema deja de ser estético. Se vuelve un problema de identidad: ¿quién es uno, la persona que camina por la calle o la que existe en el scroll de los demás?

Se podría decir, con algo de ironía, que estas dos parvularias fueron encontradas dos veces: primero por Carabineros, en la montaña, y después por el país entero, que las reconoció como personas reales recién cuando el filtro dejó de estar disponible. El frío hizo lo que ninguna autocrítica había hecho antes: las devolvió a su cara.

No tengo una salida ordenada para esto, y prefiero no fingir que la tengo. Lo que sí creo es que hay una diferencia entre mostrarse —que siempre implica elegir un ángulo, una luz, un momento— y borrarse, que es lo que pasa cuando la edición ya no elige sino que sustituye. Uno puede vivir años sin notar la diferencia, hasta que aparece una emergencia real, un rescate, una urgencia donde la imagen tiene que servir para algo más que gustar: tiene que servir para ser encontrado. Y ahí, cuando la vida depende de que te reconozcan, el filtro se vuelve una forma silenciosa de desaparición.

Quizás aprender a vernos sin filtro no sea un ejercicio de autoestima, como se suele vender, sino algo más simple y más cotidiano : mantener una cara que, en caso de necesidad, alguien pueda usar para encontrarnos.

O quizás y sólo quizás la mayor revolución de esta época no sea desarrollar mejores filtros, sino aprender a vivir sin ellos. Porque la autenticidad siempre será más difícil de conseguir que una imagen perfecta, pero también será infinitamente más valiosa.

jueves, 23 de julio de 2026

El amor en diferido



Pasa siempre lo mismo: estamos rodeados de gente y, sin embargo, la persona con quien de verdad quisiéramos estar casi nunca está ahí. Siempre es otra. Siempre está en otro lado. O todavía no existe, o existió y ya no está, o existe pero no nos ve.

De esa fractura nació toda la industria del contacto a distancia. Primero fueron las cartas. Después los anuncios clasificados en la última página de los periódicos, con sus códigos de buzón y sus promesas de seriedad. Luego el teléfono party-line, el e-mail de madrugada, los chats con seudónimos inventados en cinco segundos. Cada tecnología nueva reinventó el mismo deseo viejo: conocer a alguien sin exponerse del todo, querer sin el riesgo inmediato de la cara real.

Gibran Jalil Gibran y May Ziadah se amaron durante años sin verse casi nunca. Solo cartas. Y sin embargo —o precisamente por eso— ese amor tuvo una intensidad que pocos amores presenciales alcanzan. La distancia no los separaba: los protegía. Les permitía ser la mejor versión de sí mismos, sin el desgaste de lo cotidiano, sin el mal humor del martes, sin el silencio incómodo del desayuno. Una carta siempre llega en su mejor momento. Una persona, casi nunca.

Hoy el mecanismo es el mismo pero la velocidad es obscena. Tinder, Bumble, Grindr: la promesa del desconocido perfecto reducida a un dedo que desliza. Las apps de citas han convertido la búsqueda en algo parecido al supermercado: abundancia aparente, satisfacción esquiva. Y cuando el algoritmo falla —que falla casi siempre— queda el chat. El mensaje de voz a las dos de la mañana. El meme enviado sin contexto que dice lo que no se sabe decir de otro modo.

Y ahora, como última frontera, la inteligencia artificial como interlocutor sentimental. No es broma y no es ciencia ficción: hay personas que encuentran en una IA más escucha, más paciencia y más coherencia que en cualquier ser humano de su entorno. La IA no se cansa, no juzga, no desvía la conversación hacia sus propios problemas. Es el confidente perfecto, precisamente porque no tiene nada en juego. Es Gibran sin cuerpo. Es la carta que siempre responde.

Lo inquietante no es que eso exista. Lo inquietante es que dice algo verdadero sobre cómo estamos: tan necesitados de ser escuchados que hemos terminado hablando con una máquina, y a veces sintiéndonos mejor que después de hablar con alguien de carne y hueso.

La soledad siempre fue un buen fertilizante. Lo que cambia es lo que sembramos en ella.