Hay cosas que se consiguen con esfuerzo, paciencia o incluso poder. El amor no es una de ellas.
Por eso resulta desesperante cuando algo se apaga. Repetimos palabras, buscamos señales, intentamos convencer al otro —o convencernos a nosotros mismos— de que todavía debe sentir lo mismo. Pero un sentimiento no obedece.
En Todopoderoso, Bruce descubre algo que ningún poder resuelve: puede modificar el mundo, pero no puede hacer que Grace lo ame. No podemos obligar a alguien a sentir, porque el amor necesita libertad para existir.
Hay otra forma, más silenciosa, de tropezar con ese mismo límite: no queremos obligar al otro a sentir, sino obligarnos a nosotros mismos a volver a sentir. Pienso en Persefone, en Matrix Reloaded, pidiendo un beso de amor verdadero: no es seducción, es la búsqueda de algo que reconoce haber perdido. Bruce quiere producir amor en otra persona; Persefone quiere recuperarlo en sí misma. Ambos chocan con la misma pared: tampoco podemos ordenarle al corazón que vuelva a sentir.
Podemos volver a los lugares donde fuimos felices, mirar fotografías, recrear el escenario entero. Y aun así descubrir que el sentimiento ya no está.
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿queremos a esa persona, o queremos volver a ser quienes éramos junto a ella? A veces confundimos el deseo de recuperar un sentimiento con el deseo de recuperar a alguien. Pero el corazón no es una máquina: no basta repetir los mismos estímulos para obtener el mismo resultado.
Los sentimientos cambian sin que nadie lo decida. No siempre hay culpable ni explicación. Podemos cuidar el amor, elegir actuar con amor incluso cuando la emoción fluctúa —pero elegir amar y obligarse a sentir amor son cosas distintas. La primera puede ser una decisión. La segunda, no.
Queremos que el amor sea seguro y controlable. Pero conserva su valor justamente porque no podemos garantizarlo: el otro es libre, nosotros también, y esa libertad incluye la posibilidad de perder.
No podemos obligar a alguien a amarnos. Tampoco podemos obligarnos a seguir amando. Solo podemos ser honestos, cuidar, permanecer o despedirnos.
Porque lo que puede ser obligado puede parecer amor. Pero solo lo que es libre puede serlo realmente.


Marcos, has expresado una verdad tan sencilla como difícil de aceptar: el amor no admite órdenes. Ni podemos exigirlo a otra persona ni podemos decretar en nuestro interior que vuelva a aparecer cuando ha decidido marcharse.
ResponderEliminarMe ha gustado especialmente la reflexión sobre la diferencia entre querer recuperar a alguien y querer recuperar lo que fuimos junto a esa persona. A veces la nostalgia nos hace confundir ambas cosas, y no siempre resulta fácil distinguirlas.
Creo que la grandeza y también la fragilidad del amor nacen precisamente de esa libertad que señalas. Saber que no está garantizado es lo que hace valioso cada gesto de afecto, cada permanencia voluntaria y cada elección de seguir caminando juntos.
Una reflexión profunda, serena y muy humana que invita a detenerse unos minutos y mirar hacia dentro. Gracias por compartirla.
Un fuerte abrazo, Marcos.
Así somos y así funciona el amor, no podemos amar o ser amados a la fuerza. Tan doloroso que es cuando a quien amamos, nos deja de amar. Pero, es libre el amor y como llega se puede ir. Estupenda entrada.
ResponderEliminarUn abrazo.
El amor está o no está... desde el principio todos los amores son dulces, luego las cosas cambian lentamente, hay que cuidar el amor si queremos que dure, solo tenerlo no es suficiente... cuando somos mayores vemos el amor de otra manera, sobre todo si no es el primer amor, tenemos experiencias... buenas y menos buenas... si queremos tener amor, mantenerlo, hay que adaptarse... no siempre es fácil, pero si el amor es verdadero, todo es posible, mucha gente parece feliz por fuera pero en la cama se da la vuelta, si no está en la cama, no está en ningún lado, y cada vez lo necesitamos más, de manera mutua.
ResponderEliminar¡Te envío un saludo con amor!
Olvidé decir que en el amor hay que confiar el uno en el otro, dicen que el amor a distancia no es posible... claro que lo es, si dos confían mutuamente, así es como mejor se conocen... despacio se llega lejos... aunque faltan los toques, abrazos, besos, pero como llegan, ¡es perfecto!
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