Una vez me tocó acompañar a un panteonero en un traslado a Oficina Alemania. No voy a contar lo que hicimos. Fue crudo, y esa crudeza me la quedo yo. Lo que sí diré es que hay un momento en que la muerte deja de ser una idea y se vuelve algo que se sostiene con las manos. Uno vuelve de ahí distinto, con un gusto amargo que no se quita con agua.
Yo he trabajado en cementerios preparando el primero de noviembre. Se barre, se pinta, se arreglan las tumbas. Y llega la gente, con flores, con sillas, con niños, con comida. Es un día hermoso, de verdad. Pero uno que ha estado del lado de adentro sabe lo que viene después: el dos de noviembre amanece otra vez el silencio, y las flores empiezan a secarse al sol, como todo lo que se deja en el desierto.
Bécquer lo dijo mejor que nadie: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!"
El desierto los guarda todo el año, sin pedir nada. Nosotros los visitamos una vez. Y no lo digo como reproche, porque me incluyo. Recordar cuesta, y la costumbre existe quizás para eso, para que el olvido tenga fecha de vencimiento.
Este año me toca llevar dos nombres: Miguel y Claudio. No hay sal ni calor que los conserve. Solo esto, la memoria, que es más frágil que cualquier cuerpo reseco en la pampa, y que se corrompe, o se mantiene, según lo que uno haga con ella.
No sé cuánto dura eso. No sé si alcanza.

