Este dieciocho volveremos a levantar banderas, a cantar, a brindar, a celebrar la independencia. Y está bien. Pero una patria no debería construirse solo sobre sus fiestas, sus héroes, sus victorias. También debería ser capaz de mirar de frente a sus muertos.
Porque la independencia no terminó con la injusticia. No terminó con la desigualdad. No terminó con la violencia ejercida desde el poder. Y tampoco nos libró de quienes fueron capaces de convertir la vida humana en mercancía, en obstáculo, en simple cifra.
Recordar esto no es dejar de celebrar Chile. Es quizás lo contrario: tomarnos en serio lo que significa pertenecer a un país, y preguntarnos qué clase de patria queremos seguir construyendo.
Que estas Fiestas Patrias no sirvan para borrar nuestra historia, sino para recordarla. Porque una nación que solo recuerda aquello de lo que puede sentirse orgullosa corre el riesgo de olvidar aquello que jamás debería repetir.

