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lunes, 13 de julio de 2026

El último puerto


Hay una historia sobre Morgan Freeman que siempre me ha parecido más interesante que muchas de sus películas. Se dice —y él mismo lo ha confirmado más de una vez— que usa aros de oro porque, si la muerte lo sorprende lejos de casa, ese oro alcanza para pagar un entierro. No es la excentricidad de un millonario aburrido. Es una vieja costumbre de marineros, hombres que sabían que el mar no hace promesas y que cualquier puerto podía convertirse en el último.

Lo fascinante no son los aros. Es la idea que llevan colgada.

Vivimos en una época que habla sin parar de bienestar, longevidad y productividad, pero que trata a la muerte como si fuera un error del sistema, un bug que todavía no logramos parchar. La escondemos en hospitales, la maquillamos con eufemismos —"partió", "descansa", "ya no está"— y evitamos cualquier conversación que nos recuerde que el tiempo, el nuestro, tiene fecha de vencimiento.

Quizá por eso la historia de Freeman resuena tanto. Un simple aro de oro dice más sobre la condición humana que varios tratados de filosofía juntos. Es un recordatorio silencioso de que no elegimos cuándo termina el viaje, pero sí podemos decidir cómo nos encuentra ese momento: con las cuentas pendientes, o con la paz de no haberlo dejado todo para mañana.

Nuestros abuelos convivían con la muerte sin convertirla en obsesión ni en tabú. La aceptaban como parte del equipaje. Hacían testamento, elegían dónde querían que los enterraran, transmitían rituales, y enseñaban a los hijos que la vida valía justamente porque no era eterna. En mi familia, esa costumbre todavía se nota: se habla de la muerte con una naturalidad que a otros resultaría casi incómoda.

La mayoría , en cambio, acumulan fotografías para probar que estubieron vivos, mientras se les olvida vivir con la intensidad necesaria para que esas fotografías signifiquen algo.

Puede que el verdadero valor de esos aros nunca haya estado en el oro, sino en la pregunta que dejan flotando. Si hoy fuera el final del viaje, ¿hemos dejado algo más que deudas? ¿Dijimos lo que había que decir? ¿Pedimos perdón cuando tocaba? ¿Amamos sin reservas, o seguimos actuando como si la muerte fuera un problema exclusivo de los demás?

Al final, todos vamos a tener un último puerto. Y tal vez la mejor previsión no sea llevar oro en las orejas, sino dejar una ausencia que duela por todo lo que se compartió, y no por todo lo que se quedó sin hacer.

martes, 15 de diciembre de 2009

Más perdido que el Teniente Bello

Perderse suena raro, por el hecho de que hoy podemos llegar casi a cualquier lugar, lo que significa que también podemos ser alcanzados en cualquier parte y en cualquier momento, cada día es más difícil "perderse". Pero es una expresión muy usada en mi país y hace relación a el piloto de aviación Alejandro Bello, obsesionado con la idea de ser piloto, el Teniente Bello, rinde el examen final para obtener su diploma de aviador militar. La madrugada del lunes 9 de marzo de 1914, apareció con casco y bufanda en la pista de Lo Espejo, listo para montar su frágil pájaro (un Sanchez Besa de 80hp), a bordo del cual debe realizar el raid Lo Espejo-Culitrin-Cartagena-Lo Espejo, en un tiempo máximo de 48 horas, hay neblina por todos lados, y en el primer intento por llegar a Culitrin fallan los cuatro postulantes; Bello vuelve a Santiago, pero a las 9:30 reemprende el vuelo, logra aterrizar en Culitrin y poco después de las 17:00 despega con destino a Cartagena. El desafío es llegar antes del anochecer, pero hay bastante niebla, no se ve nada, pero Bello insiste, tanto que a las 19:00 el capitán Ávalos, al mando de la escuela pregunta por Él y como nadie sabe nada lo declaran perdido.
La policía de Melipilla registra el área a caballo, el escampavía Galvez zarpa desde San Antonio para intentar encontrarlo entre las olas. No hay caso, ningún rastro de Bello y sí muchas falsas noticias sobre su paradero. El gobierno de Don Ramón Barros Luco y la misma Escuela de Aviación dan por terminada la búsqueda. Bello está perdido.

El año 1988, nuevos antecedentes motivan una búsqueda en el sector del cerro la Rinconada, un grupo integrado por seis taxistas, dos Carabineros y un chico de 17 años (que oficia de guía) parte en su búsqueda, no tienen éxito. Hasta hoy el Teniente Bello sigue perdido y el refrán con su nombre vivito y coleando.

El parte oficial reza que se perdió supuestamente frente a las costas de San Antonio, aunque posteriores antecedentes permiten suponer que Bello (y su avión) descansaría no tan en paz entre los espinos de la Quebrada del Diablo...