Según el Libro Guinness de los Récords, Mamihlapinatapai, es una palabra del idioma yagán (Tierra del Fuego) que describe una mirada entre dos personas donde ambas desean que la otra comience una acción que ninguna se atreve a iniciar, encapsulando una compleja situación en una sola voz. No es menor decir que con el fallecimiento de Cristina Calderón en 2022 se perdió quien era considerada la última hablante nativa y con ella una forma de ver el mundo, de entenderlo...
La desaparición de un idioma representa mucho más que la pérdida de un conjunto de palabras: es la extinción de una cosmovisión única. A comienzos del siglo XIX, Alexander von Humboldt documentó en el Orinoco a un papagayo que repetía fragmentos de una lengua cuyo pueblo había sido exterminado; el ave era el último portador de sonidos ya sin comunidad, palabras sin mundo. Este episodio revela una verdad brutal: un idioma puede agonizar de forma residual, convertido en ecos vacíos.
Cuando una lengua muere, se apaga un sistema completo de pensamiento: formas de clasificar la realidad, organizar el tiempo, nombrar vínculos y territorio. Se pierden conocimientos ecológicos, memorias históricas y matices afectivos que a menudo son intraducibles. Su extinción rara vez es natural; suele ser el resultado de políticas de asimilación, de vergüenza impuesta, de escuelas que castigan el acento materno y de presiones económicas que fuerzan el abandono de la lengua propia como estrategia de supervivencia.
Así, cada idioma que desaparece reduce el campo de lo pensable y lo decible. No es una pérdida abstracta, sino un indicador concreto de dominación cultural y de qué memorias se consideran prescindibles. Defender las lenguas amenazadas, por tanto, no es nostalgia: es un acto de resistencia cognitiva que afirma que no hay una única manera válida de ser humano. Lo que queda tras su muerte no es solo silencio, sino vestigios—grabaciones, listas de palabras, o sonidos ininteligibles de un papagayo—que testimonian un mundo que ya no puede explicarse a sí mismo.


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