Hay una trampa en la que caemos con frecuencia: intentar cambiar a las personas. No porque seamos manipuladores, sino porque creemos, honestamente, que si explicamos bien las cosas, si encontramos las palabras correctas, si somos lo suficientemente pacientes o insistentes, el otro va a entender. Y va a cambiar.
A veces funciona. La mayoría de las veces, no.
Lo que nadie nos enseña —y que cuesta años aprender— es que el control que tenemos sobre los demás es básicamente nulo. No podemos obligar a nadie a ser puntual, a bajar el tono, a elegirnos, a tratarnos bien. Podemos pedirlo. Podemos esperar. Podemos frustrarnos. Pero no podemos imponerlo.
Entonces ¿dónde queda el límite? ¿Cómo se pone?
Acá está lo que me costó entender: el límite no se pone en el otro. Se pone en uno mismo. En lo que permito. En lo que aguanto. En lo que decido seguir soportando.
Si me molesta esperar, no espero. Si me gritan, no me quedo. Si algo me incomoda, me muevo. Si algo me duele, me alejo.
Suena simple. No lo es. Porque implica dejar de pelear con la realidad de las personas —con lo que son, con lo que hacen, con lo que no cambian— y empezar a hacerse cargo de la propia. Implica aceptar que no voy a reformar a nadie, y que tampoco es mi trabajo. Que la única conducta que realmente puedo modificar es la mía: lo que tolero, lo que elijo, lo que sigo haciendo.
Esto no es indiferencia. No es frialdad ni desapego. Es, en realidad, la forma más honesta de relacionarse. Porque cuando dejo de intentar controlar al otro, dejo también de resentirlo por no ser lo que necesito que sea. Y cuando me hago responsable de mis propios límites, dejo de esperar que el mundo se acomode a mí.
El único territorio donde tengo algo parecido al poder es este: decidir qué hago yo. Hasta dónde llego. Desde dónde me muevo. Cuándo me voy.
Eso no siempre es cómodo. A veces es lo más difícil. Pero es lo único que es mío d e verdad.


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