sábado, 19 de septiembre de 2026

El amor que se sostiene sin tocarse


Hay una carta de Elizabeth Barrett a Robert Browning donde ella dice, casi de pasada, que no sabe si lo ama o si ama sus cartas. Nunca resolvió la duda. Se escribieron durante casi dos años antes de verse la cara, y cuando por fin se vieron, el amor ya estaba hecho —construido con tinta, no con presencia—. Uno tiende a pensar que el amor necesita el cuerpo del otro cerca para crecer. Que sin eso, se marchita como una planta sin agua. Pero hay demasiadas historias que dicen lo contrario.

Acá, en el norte, uno aprende esto sin necesidad de leer cartas del siglo diecinueve. Los turnos rotativos hacen que medio pueblo viva queriendo a alguien que está a varias horas de camino, o de vuelo, o simplemente en otro tiempo del reloj. Y uno ve que las relaciones no se sostienen por la cercanía sino por lo que cada uno decide hacer con la ausencia. Hay quienes usan la distancia como excusa para dejar que todo se enfríe. Y hay quienes la convierten en el lugar exacto donde el amor se vuelve más consciente —porque ya no hay gestos automáticos, ni silencios cómodos que reemplacen las palabras. Hay que decir las cosas. Elegirlas.

Las cartas de guerra tienen algo de esto también. Miles de parejas que se escribieron durante años sin saber si el otro seguía con vida, y que en lugar de desgastarse, se hicieron más profundas —porque la escritura obliga a una intimidad que la costumbre no exige.

No sé si el amor a distancia florece porque la distancia tiene algo bueno en sí misma, o porque solo sobreviven a ella los amores que ya estaban hechos de algo firme. Puede que sea lo segundo. La distancia no inventa nada: solo revela lo que ya había, como el desierto revela lo que realmente puede vivir en él y lo que no.

Lo que sí sé es que hay algo distinto en querer a alguien sin tenerlo al lado. Uno tiene que decidir quererlo cada día, sin la ayuda de la costumbre. Y esa decisión, repetida, termina pareciéndose bastante a lo que el amor debería ser siempre —con o sin distancia de por medio.

3 comentarios:

  1. ¡Has escrito bonito sobre su amor!
    Sabes, el amor es hermoso, es algo que tienen dos personas que se sienten a pesar de si están aquí o a kilómetros de distancia, el amor todavía los une (conecta).
    ¡Que viva el amor, ese delgado hilo rojo que nos conecta sin control!
    ¡Abrazo y beso para ti!

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  2. El amor sin conocerse físicamente tiene el enorme riesgo de la idealización.
    Si ya se conocen entonces es diferente.

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  3. Es bonito conocer a otra persona a través de una correspondencia epistolar y luego encontrarla tal y como nos la habíamos imaginado. Es bonito y no era algo que se diera por hecho. A través de los escritos, imaginamos personajes y lugares que no siempre son como son en realidad. Por mi parte, cuando leo una novela y luego veo la película basada en el libro, el 99 % de las veces me decepcionan los actores que interpretan a los personajes.
    Por eso hace falta una generosidad inmensa, una gran confianza en el otro, para que, dos años después, Elizabeth y Robert se quieran como en su correspondencia.
    Que tengas un buen día.

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