sábado, 5 de septiembre de 2026

Vínculos que transforman


El amor, decía, no necesariamente como romance. Como aquello que nos vincula. La pareja, los hijos, los amigos, el lugar al que uno termina llamando casa. Cosas que uno no elige del todo y que, sin embargo, terminan siendo la estructura entera de una vida.

Empiezo por los amigos, porque son los que más cambian sin avisar. Hay amigos que permanecen sin esfuerzo aparente, como si el tiempo no les tocara nada. Hay otros que desaparecen sin pelea, sin una razón que uno pueda nombrar después: un día están, después ya no escriben, y no hay ruptura que explicar, solo una distancia que se instaló sola. Y después están los que vuelven, décadas más tarde, y de algún modo retoman la conversación en el mismo punto donde la dejaron, como si el tiempo intermedio hubiera sido apenas un paréntesis. Y por último los más extraños: aquellos con quienes ya no tenemos nada que decir, aunque alguna vez lo dijimos todo. Esos duelen distinto. No porque falte cariño, sino porque el cariño ya no tiene dónde apoyarse.

Después está el lugar. Un pueblo, una ciudad, un barrio, el desierto, el mar. Llevo suficientes años en el norte como para saber que un paisaje termina metiéndose en la manera de pensar. El desierto no perdona nada, no disimula, no tiene sombra donde esconderse. Y uno, viviendo ahí, termina pareciéndosele: aprende a no adornar lo que dice, a soportar la distancia, a encontrarle sentido a lo poco.

Y entre esos dos —los amigos y el lugar— hay una tercera cosa que todavía no sé cómo nombrar del todo. La edad, quizás, o la memoria, o esa forma particular de soledad que no es estar solo sino no saber bien con quién se está. Las despedidas que uno no pidió. Las cosas pequeñas y cotidianas que de golpe pesan más que las grandes. Lo que uno deja atrás sin haberlo decidido.

Estoy a nada de iniciar una nueva vida que no decidí.

No sé cómo termina esta frase todavía. Puede que ese sea, por ahora, puntos suspensivos... 

2 comentarios:

  1. He vivido todo eso... al principio con estupefacción, después con enfado y finalmente con aceptación.
    Sé que con los años va desapareciendo todo. Y lo que más duele que desaparezca es la ausencia de futuros ilusionantes y motivadores.
    Yo he aceptado ya que nada será mejor que todo lo que he vivido y que mi futuro será peor que por ejemplo el día de hoy o el de ayer.
    Lo único que me motiva es aprovechar cada día como si fuera el último.
    Y sentir así no es algo que yo haya decidido, no, qué va... al final la vida te coloca aquí y puedes rebelarte o aceptarlo. Yo he optado por lo segundo.

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  2. Amigos, yo también me he dado cuenta de lo mismo; he decidido mantener el contacto con muchos, aunque ya no me respondan, para mí siguen existiendo.
    En cuanto al lugar, es cierto que todos somos camaleones, o bien nos vamos a otra parte.
    Me gusta mucho cómo expresáis las cosas.

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