Lo interesante es que, vistos desde afuera, los dos miedos se parecen. Ambos se disfrazan de cuidado, ambos hacen que alguien se desvele pensando en el otro. La diferencia está en dónde está parado el que teme. En el primer caso, el centro de gravedad es el otro: me importa su bienestar, incluso a costa del mío. En el segundo, el centro soy yo: lo que me aterra no es que tú sufras, sino que se acabe lo que tú me provocas.
Ahí hay algo que los filósofos llevan siglos discutiendo con otras palabras. Kant diría que tratar a una persona como medio y no como fin es la forma más sutil de no verla. Y uno puede hacerlo sin maldad, sin darse cuenta, con el corazón acelerado y las mejores intenciones. El otro se vuelve una especie de fuente: de compañía, de validación, de ese temblor en el estómago que confundimos con destino.
Por eso el miedo a perder es un mal criterio. Lo sentimos igual por una persona que por una costumbre, una casa o un trabajo. Es el miedo del que ya se acostumbró. En cambio, el miedo a hacer daño exige algo más raro: haber mirado al otro lo suficiente como para saber dónde es frágil. Nadie teme herir a quien no conoce.
Y sin embargo no conviene hacer de esto una vara para medir a los demás. Lo más probable es que casi todos amemos con las dos cosas mezcladas, y que la proporción cambie con los años, con el cansancio, con quién tenemos enfrente. Pasa como con el desierto: desde lejos parece uniforme, pero basta caminarlo un rato para notar que cada tramo tiene otra textura.
Y la pregunta útil no es cuál de los dos miedos tengo, sino cuál aparece primero cuando estoy a solas con la idea de esa persona. Esa respuesta no la puede dar nadie más. Y tal vez tampoco haga falta cerrarla.


Me ha gustado mucho esta reflexión sobre esos dos miedos que, aunque puedan parecer similares, nacen de sentimientos muy distintos. Especialmente acertada la idea de que amar de verdad implica pensar en el bienestar del otro y no solo en lo que representa para nosotros.
ResponderEliminarUna entrada breve, profunda y de esas que dejan pensando un buen rato después de terminar la lectura.
Un fuerte abrazo, Marcos.
Hoy me cuesta comentar tu publicación. Cuando no recibimos respuesta, no nos sentimos heridos, sino que nos preguntamos por qué... por qué de repente hay silencio, miedo a perder... o orgullo por no admitir por qué el silencio es la única conexión... eso no lo entiendo, nunca lo he entendido ni lo entenderé. Todos somos humanos, todo se puede decir de una manera bonita... pero no con silencio... con palabras... el silencio duele, quema, lastima... después de todo esto, una persona puede sentirse herida, con razón...
ResponderEliminarNUNCA me ha gustado el silencio y sin embargo vivo en él, me toca y me abraza... cuando te acostumbras a algo, lo amas... aunque sea este silencio...
Después de tantos años compartidos, yo no sabría separar del todo esos dos miedos. Me preocupa hacer daño a la persona que quiero y, al mismo tiempo, me asusta perderla porque mi vida está unida a la suya. No creo que una cosa convierta la otra en egoísmo. El problema empezaría si el miedo a perderla me hiciera olvidar que ella sigue siendo una persona libre, con sus propias necesidades y sus propios temores.
ResponderEliminarSi, esos miedos se van modificando, se interrelacionan, cambian... es incluso imposible predecir su evolución.
ResponderEliminarY lo malo es que nadie quedamos fuera de sufrir pérdidas del lo que más queremos. No es fácil!
ResponderEliminarUn abrazo.
Los miedos siempre están ahí. No es sencillo.
ResponderEliminarUn abrazo, Solomarcos
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Feliz día.