Se abre la sesión. El tribunal tiene la palabra.
Hoy nos convoca un caso extraño: la muerte del amor. No hay cuerpo, ni escena del crimen, ni arma homicida. Solo quedan recuerdos, fotografías que ya no significan lo mismo y dos personas que, en algún momento, aseguraron quererse.
La fiscalía trajo a los sospechosos de siempre: la infidelidad, la rutina, el tedio, el conformismo. Este tribunal los declara inocentes. Algunos ni siquiera son causas, sino consecuencias del crimen.
Preside la señora Ausencia, magistrada de pocas palabras y larga experiencia en relaciones que terminaron mucho antes de que alguien se atreviera a admitirlo.
La acusación está en manos del señor Tiempo. Dice que vio desaparecer, uno a uno, los gestos pequeños, las conversaciones que no querían terminar, las ganas de encontrarse. El amor no murió de golpe: lo dejaron morir de a poco.
La defensa es de la señora Memoria. Nadie puede ser condenado por dejar de sentir lo mismo, dice. Los sentimientos no firman contratos, y a veces irse también es una forma de honestidad.
Como los sospechosos de siempre no alcanzan, el tribunal llama a declarar a otros: la Indiferencia, que entra sin hacer ruido; la Comodidad, que nos convence de que ya no hace falta esforzarse; el Orgullo, que convierte una disculpa en derrota; el Miedo, que nos calla justo cuando más necesitamos hablar; la Distracción, siempre lista para ofrecernos algo más interesante que mirar a los ojos a quien tenemos al lado.
Y un último testigo: la incapacidad de crecer juntos. Porque dos personas pueden seguir queriéndose y, aun así, volverse extrañas. No por falta de amor, sino porque un día dejaron de encontrarse en el camino.
Se pide a los lectores que integren el jurado. No se admiten prejuicios ni condenas anticipadas.
Y antes de deliberar, una última pregunta:
¿Y si el verdadero culpable fue creer que, una vez conquistado el amor, ya no quedaba nada que hacer para conservarlo?
Se levanta la sesión.


Como miembro del jurado, pediría que comparezca también el luego. Luego hablamos, luego salimos, luego arreglamos esto... y al final ese luego no llega nunca. No sé si es el principal culpable, pero como cómplice tiene todos los números. Un abrazo.
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