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sábado, 12 de septiembre de 2026

No estás solo


Hay dolores que no hacen ruido. Se esconden detrás de una conversación cualquiera, de una sonrisa bien puesta, de alguien que sigue contestando mensajes y llegando a la hora como si nada se le estuviera cayendo por dentro. Por eso, cuando alguien decide irse, a los demás nos parece que fue de un día para otro. Casi nunca es así. Lo que se rompió de golpe llevaba tiempo astillándose en silencio, como esas quebradas del norte que uno cruza sin sospechar que debajo hay una falla trabajando hace siglos.

Me cuesta pensar que el suicidio nazca siempre del deseo de morir. Sospecho que, más veces de las que queremos admitir, nace de otra cosa: del deseo desesperado de dejar de sufrir, de bajarse de una vida que se volvió insoportable de cargar. Y quizás lo más terrible no sea el dolor en sí, sino la certeza —falsa, pero absoluta en ese instante— de que no hay otra puerta. Que esa es la única salida del cuarto.

Por eso desconfío del «no lo hagas» como prevención completa. Prevenir se parece más a aprender a mirar. A escuchar sin apurarse a explicar nada. A quedarse ahí, cerca, como se queda el mar: sin exigirle nada a nadie, gopeando la orilla con suave vaivén, solo estando, testigo silencioso de lo que a cada uno le toca cruzar.

Nadie debería tener que justificar su dolor para merecer compañía. A veces estar ahí —sin respuestas, sin discursos— es la forma más honesta de decir: todavía hay alguien contigo.

Y mientras exista una sola persona dispuesta a quedarse, tal vez la oscuridad no tenga la última palabra.

Me gustaría decir, no estás solo.

Un amigo es luz



viernes, 3 de julio de 2026

El dedo acusador (solo para hombres)


Seamos honestos: eres un idiota. No lo voy a suavizar. 

No lo digo como insulto. Lo digo como diagnóstico. Llevas años yendo al médico solo cuando ya no puedes ignorar el dolor, cuando el cuerpo dejó de pedirte permiso y simplemente se declaró en huelga. Vas cuando ya no te queda otra. Y aun así, hay un examen que sigues evitando con una dedicación que, francamente, merece algún tipo de reconocimiento.

El tacto rectal.

Solo leer esas dos palabras ya te hizo apretar algo. Clásico.

El procedimiento dura menos de un minuto. Menos que el tiempo que tardas en decidir qué serie ver esta noche. Menos que la fila del supermercado. Menos, definitivamente, que el monólogo interior con el que llevas años convenciéndote de que tú estás bien, que esas cosas les pasan a otros, que cuando tenga tiempo. El tiempo, por cierto, es lo único que el cáncer también tiene. Y él no lo desperdicia.

Aquí viene la parte donde esperas que suavice el golpe. No voy a hacerlo.

El cáncer de próstata es el más frecuente en hombres mayores de cincuenta años. Detectado temprano, tiene una de las tasas de supervivencia más altas de todos los cánceres. Detectado tarde, la conversación cambia completamente de tono. No es opinión. Es biología. Y la biología no negocia, no tiene consideraciones especiales contigo, no le importa que tengas miedo o que el examen te parezca humillante.

Lo humillante, si quieres usar esa palabra, sería que un médico tuviera que explicarle a alguien que te quiere por qué no llegaste a tiempo.

Sé lo que estás pensando. Que el examen es incómodo. Que da pudor. Que ya vas a ir, que este año sí, que en cuanto pase el invierno. He escuchado todas las versiones. Son creativas, hay que reconocérselo. Pero son excusas, y las excusas no aparecen en ningún protocolo médico que yo conozca.

El médico que te hace ese examen ha visto miles de pacientes antes que tú. No te está juzgando. Está haciendo su trabajo. Tú, en cambio, llevas años sin hacer el tuyo.

Así que aquí está el trato: haces el examen, te quedas tranquilo, y sigues con tu vida. O no lo haces, y te quedas con la duda, que es una compañía mucho más incómoda que cualquier guante de látex.

La decisión, como siempre, es tuya.

Aunque ojalá esta vez no la dejes p ara después.