"Como ya dixe ante de agora, el año de mill e quatroçientos e nouenta e dos fue el punto de gran cuita e faduera. La escriptura de la arte de la gramatika de Nebrija dio orden de rrazón e rreglas de grant claridat, poco ante que se començase la conquista de las Indias. El lenguaje de Castilla de rrezió e fincó porque se fizo lengua de la ley e de la mercaduría. Por que quier que buscase pleyto de justicia o subir en onrra en el grant señorío de España, el castellano era el solo camino por donde se podía pasar."
Si don Rubén Darío levantara la cabeza hoy y viera un chat de WhatsApp, probablemente pensaría que escribimos en una variante del árabe criptográfico. Y, sin embargo, ese revoltijo de "xq", "tb" y "k onda" no es más que la última parada —por ahora— de un viaje lingüístico de siglos.
El castellano no nació hecho en un laboratorio. Nació en la calle, entre dialectos vulgares del latín, préstamos del árabe, sustratos prerromanos y la inventiva de gente que tenía cosas que decir y poco tiempo para conjugar perfectamente. ¿"Fermoso" o "hermoso"? ¿"Facer" o "hacer"? Durante siglos, la ortografía fue un campo de batalla donde cada uno escribía como le sonaba… literalmente.
Ahí entraron las academias, con su afán ordenador. Pusieron reglas donde había caos, fijaron la hache donde antes no se pronunciaba, unificaron criterios y, sí, a veces se pasaron de rígidos. Pero su objetivo —más allá del purismo a veces discutible— era proteger la comprensión mutua en un idioma hablado por cientos de millones de personas en continentes distintos.
Porque, pensémoslo:
· La ortografía no es solo una tiranía de profesores. Es un código común que asegura que un texto del siglo XXI sea legible en el XXII, que "hola" no se convierta en "ola" (a menos que hablemos del mar) y que "herrar" no se confunda con "errar" (aunque a veces, herramos por errar).
· La puntuación… ah, la puntuación. Es la respiración de la frase, la que decide si "Vamos a comer, niños" es una invitación o "Vamos a comer niños" es una confesión de canibalismo. Un punto, una coma, pueden ser la diferencia entre el drama y la comedia.
Pero el idioma es vivo, rebelde. Las academias lo saben y, a regañadientes, a veces ceden: aceptan "cederrón" junto a "CD-ROM", "guasap" junto a "WhatsApp", y tildes que caen (como en "solo"). Evolucionan, lentas, pero evolucionan.
Así que, quizá, el grito "¡líbranos señor!" debería matizarse. No se trata de adorar las reglas como tablas de piedra, sino de entender que son las barandillas que nos permiten jugar en el balcón sin caernos. Podemos innovar, crear jerga, acortar palabras en mensajes urgentes… mientras conservemos la capacidad de volver al código común cuando hablemos con el mundo.
Al final, el verdadero genio del castellano no está en su pureza, sino en su capacidad de ser, a la vez, antiguo como un cantar de gesta y moderno como un meme. Eso sí: con la puntuación bien puesta, por favor. Porque, como diría Cervantes en el chat: "Xq la vida sin comas, es un sin sentido largo y confuso, ¿no?".

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