jueves, 26 de marzo de 2026

Disidencia controlada

Uno prende la radio, abre el celular, se pierde en ese océano de opiniones que hierven todo el día… y ahí están. Los indignados profesionales, los críticos permanentes, los que dicen lo que muchos piensan. Y por un momento, uno siente alivio. “Al menos alguien lo está diciendo”. Pero pasa el tiempo —días, meses, años— y todo sigue exactamente en su lugar. Intacto. Blindado.

Hay algo inquietante en cómo hoy se discute todo… y no cambia casi nada. Mucho ruido, mucha opinión, pero el fondo sigue intacto.

Uno escucha a los críticos de siempre, los que dicen lo que muchos piensan. Y por un momento hay alivio: “al menos alguien lo dice”. Pero pasa el tiempo y nada se mueve. Entonces aparece la duda: ¿y si esa crítica no es tan libre como parece?

No hace falta silenciar cuando puedes permitir hablar… dentro de ciertos límites. Se puede protestar, sí, pero sin tocar lo esencial. Indignarse, pero sin transformar. Y así, la disidencia se vuelve un desahogo controlado, una válvula que libera presión sin romper nada.

Lo más inquietante es que funciona. Uno siente que participa, que está informado, que forma parte del debate. Pero muchas veces ese debate gira en círculos, atrapado en lo superficial, sin tocar la raíz.

No todo es falso, claro. Hay enojo real, problemas reales. Pero canalizados de forma que no incomoden demasiado.

Y entonces la pregunta queda flotando, incómoda: ¿estamos realmente cuestionando el poder… o solo ocupando el espacio que nos dejaron para hacerlo?

Porque si la crítica no cambia nada, tal vez no estamos frente a una oposición, sino frente a una ilusión bien administrada.

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