viernes, 20 de marzo de 2026

Taltal es una historia de madera...

Existe una correlación perversa entre la dureza del desierto atacameño y la resignación de quienes lo habitan. En Taltal, donde el sol no perdona y el desierto impone su ley de silencio, parece haberse instalado una costumbre peligrosa: acostumbrarse. Acostumbrarse a calles a medio hacer, a servicios que funcionan a ratos, a accesos cerrados donde deberían ser públicos. Como si vivir así fuera parte del trato. Es la paradoja del norte chileno: generamos la riqueza que sostiene el andamiaje del país, pero aceptamos vivir entre calles sin pavimentar, infraestructuras que se caen a pedazos y playas secuestradas por candados.

​¿Es el calor extremo lo que adormece la voluntad de protesta, o es la mentalidad de 'campamento' la que nos impide echar raíces de dignidad? Nos han domesticado con la idea de que el norte está para producir, no para exigir. Cuando el entorno es hostil, el individuo tiende a replegarse en su metro cuadrado, ignorando que el deterioro de lo público es, en última instancia, el deterioro de su propia calidad de vida. La inercia en estas latitudes no es falta de movimiento; es un movimiento circular que no conduce a ninguna parte, una aceptación tácita de que las cosas 'son así' porque siempre lo han sido.

​Esta anatomía de la inercia es el caldo de cultivo ideal para el abuso. El privado que bloquea un camino o la autoridad que ignora una denuncia saben que cuentan con nuestro mayor enemigo: el cansancio. En un territorio donde la supervivencia física ya es una batalla diaria, la lucha por el derecho al horizonte se percibe como un lujo que pocos están dispuestos a costear. Sin embargo, una sociedad que renuncia a su espacio público por fatiga, es una sociedad que ya ha comenzado su proceso de fosilización, es hora de exigir, porque eso no es una una demanda. Debería ser lo mínimo.

Al final un mensaje para el centro: El norte no olvida... 


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