La pregunta parece absurda, casi cómica. Un fruto tranquilo en la mata, arrancado sin voz ni voto y condenado a una lata. Pero en esa imagen simple hay una crítica más profunda: el problema nunca fue el tomate.
El tomate es perecedero. No espera. No negocia. No especula. Crece, madura y, si no se vende a tiempo, se pudre. Esa condición biológica lo convierte en la pieza más débil dentro de un sistema que sí sabe esperar: el mercado.
Imagina al agricultor. No es uno, son muchos. Siembran con expectativas razonables, con costos calculados y con la ilusión de vender a buen precio. Pero el mercado no es una ecuación estática: cambia, se satura, se contrae. Y cuando todos producen lo mismo al mismo tiempo, el precio cae. No porque el tomate valga menos en esencia, sino porque hay demasiado y no hay cómo colocarlo.
Aquí aparece la primera distorsión: producir no garantiza vender. Y vender no garantiza ganar.
El agricultor no puede almacenar su producto indefinidamente. No tiene ese lujo. Otros sí. Quien tiene capital puede comprar barato, transformar (enlatar, procesar, conservar) y vender caro después. El tiempo, en economía, es poder. Y el tomate fresco no lo tiene.
Luego entra el dinero. No como simple herramienta de intercambio, sino como mercancía en sí misma. Para producir, el agricultor muchas veces necesita crédito. Para importar maquinaria, depende del tipo de cambio. Para sobrevivir a una mala temporada, vuelve a endeudarse. En cada paso hay intermediarios: bancos, importadores, distribuidores. Cada uno toma su margen. Ninguno asume el riesgo completo.
El resultado es una cadena donde el riesgo se concentra abajo y la ganancia se distribuye arriba.
Cuando el agricultor vende, muchas veces lo hace presionado: necesita liquidez, debe pagar deudas, no puede esperar. El comprador, en cambio, sí puede esperar. Y paga en consecuencia. Aparece entonces el fenómeno más perverso: vender por debajo del costo, no por ignorancia, sino por necesidad.
Y ahí el tomate deja de ser alimento y se convierte en síntoma.
Síntoma de un sistema donde lo perecedero pierde frente a lo acumulable. Donde el dinero, diseñado para facilitar el intercambio, termina condicionándolo. Donde se puede especular con comida, pero no con el hambre.
El problema no es que el tomate termine en una lata. De hecho, conservarlo puede ser una solución inteligente. El problema es quién decide, cuándo decide y quién captura el valor de ese proceso.
Porque mientras unos liquidan su cosecha para no perderlo todo, otros construyen industrias comprando esa desesperación a precio de saldo.
Y cuando finalmente escasea —porque siempre escasea en algún punto— el mismo producto reaparece, procesado, almacenado y mucho más caro.
El tomate nunca tuvo la culpa.
La lata tampoco.
El problema es un sistema donde el tiempo, el dinero y el poder no están distribuidos de forma equitativa.
Y donde, al final, los de siempre pagan la cuenta.
En fin, no hay que satanizar el dinero, creo que podemos esperar para hacerlo hasta el mes que viene.
Este pequeño post sobre el dinero vale 5.000 (dólares ¡Ojo! Que de dinero si que saben los U.S.A.reros del mundo). Y la opinión para salvar una cosecha de tomates, 12.000. Les enviaré mi factura por mail.

No hay comentarios:
Publicar un comentario