Hay una línea entre Copiapó y Taltal que en el mapa no es más que un trazo administrativo. Un detalle sin importancia, dirías. Pero cada vez que la cruzo, pasa algo. El desierto sigue igual —tan honesto, tan sin adornos—, pero yo ya no soy el mismo de cuando empecé el camino.
Al principio no me di cuenta. Era solo ir y volver: kilómetros, polvo, la rutina de siempre. Pensé que estaba repitiendo el mismo trayecto… pero con el tiempo entendí que en realidad estaba cruzando versiones distintas de mi propia vida.
Copiapó me carga. Llevo su ruido, sus prisas, esa sensación de estar en movimiento pero no avanzar de verdad. La ciudad te empuja, te exige cosas —y eso tiene su valor, claro— pero también pesa. Mucho.
En cambio, cuando me acerco a Taltal, algo se suelta en mí. No es que sea más fácil vivir ahí, sino que todo parece más claro. El mar aparece como una pausa que no puedes evitar: “hasta aquí llega la prisa”, como si alguien te lo dijera en voz baja. Y ahí te das cuenta de cuántas cosas estabas arrastrando sin necesidad.
Pero lo mejor no es llegar ni partir: es el cruce en sí. Ese punto donde cambias de región, sin barreras ni cambios bruscos en el terreno. Pero en tu cabeza, sí pasa algo. Es como si ese símbolo en el mapa te diera permiso para ordenarte las ideas: decidir qué dejas atrás y qué te llevas contigo.
Hace tiempo que empecé a usar ese momento de forma consciente. A veces, antes de cruzar, me pregunto: ¿Qué no quiero seguir cargando al otro lado? No siempre tengo la respuesta clara, pero solo la pregunta ya cambia cómo llego. Cuando vuelvo, la pregunta es otra: ¿Qué aprendí ahí que vale la pena traer conmigo?
No se trata de escapar de un lugar para ir a otro. Es entender que cada ida y vuelta es una oportunidad para ajustarse un poco más, para saber quién eres en cada contexto sin perder tu centro.
Y la verdad es que esto no tiene nada que ver con el territorio. Podría ser cualquier frontera, cualquier cambio en la rutina. Pero este tramo de desierto, este borde entre dos lugares, fue el que me enseñó a verlo. A entender que hay líneas que no están pintadas en el suelo, sino grabadas en nuestra cabeza. Y que cruzarlas, aunque sea todos los días, nunca debería ser algo automático. Porque si algo me ha enseñado este viaje que repito una y otra vez, es esto: no importa cuántas veces recorras el mismo camino. Si tú no eres el mismo, el viaje nunca lo será.
-Desde algún lugar entre Taltal y Copiapó, donde el desierto respira al ritmo del mar.


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