Aquí enel norte, la historia no siempre está en los libros. Está ahí afuera, oxidándose al sol.
El Desierto de Atacama está lleno de huellas de lo que alguna vez se llamó progreso: salitreras abandonadas, estructuras vacías, pueblos que quedaron atrás cuando el negocio dejó de ser rentable. Hoy se miran como patrimonio, pero también son recordatorios de una lógica que nunca cambió del todo: extraer, usar y dejar.
La minería actual es más grande, más moderna, pero sigue funcionando bajo el mismo principio. Mientras hay ganancia, todo avanza. Cuando deja de haberla, el problema queda en el territorio.
Y ese problema tiene nombre: pasivos ambientales. Relaves, suelos contaminados, residuos que no desaparecen. Se quedan ahí, afectando a comunidades que no se van cuando las empresas sí lo hacen.
En ese escenario, el rol de ENAMI también deja marca. Ha sido clave en el desarrollo, sí, pero también ha contribuido a un legado de contaminación que todavía pesa en varias zonas. Ignorarlo no lo hace desaparecer.
La pregunta es simple, pero incómoda: ¿vamos a seguir repitiendo lo mismo?
Porque el verdadero costo no está en lo que se extrae, sino en lo que se deja. Y si no cambiamos la forma de hacer las cosas, Taltal va a seguir acumulando historia… pero en forma de restos.


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