martes, 31 de marzo de 2026

Enseñar desde el que aprende

Desde que dejé la escuela - hace ya décadas-no he dejado de aprender, pero, hay una frase que se repite en salas de profesores, en reuniones de apoderados, en conversaciones de pasillo: "estos chicos no razonan". La dicen con convicción, casi con alivio, como si nombrar el problema fuera suficiente para absolverse de él.

Pero hay una pregunta que nadie hace: ¿no razonan, o simplemente razonan distinto a lo que esperamos?

La diferencia es enorme. Cuando un estudiante responde algo que no coincide con lo que el profesor tenía en mente, eso no es ausencia de razonamiento. Es discrepancia. Y la discrepancia no es un defecto del que aprende; es información sobre la distancia que existe entre dos mentes que todavía no se han encontrado.

El sistema educativo lleva décadas confundiendo esas dos cosas. Ha construido métodos, portafolios, currículos y evaluaciones desde una sola perspectiva: la del que enseña. Como si el aprendizaje fuera un molde y el estudiante, la masa que debe adaptarse. Cuando la forma no sale bien, el veredicto es siempre el mismo: el problema está en la masa. Nunca en el molde.

Y sin embargo, no existe método de enseñanza superior a la capacidad de aprendizaje de la mente humana. Ninguno. El cerebro humano lleva millones de años aprendiendo sin currículos, sin pruebas estandarizadas, sin docentes certificados. Aprende solo, aprende mal, aprende de través, aprende a destiempo. Y aun así aprende. La pregunta no es si puede hacerlo, sino si nosotros somos capaces de acompañar ese proceso sin aplastarlo.

Enseñar desde el cerebro del que aprende exige algo incómodo: imaginar respuestas que jamás habríamos anticipado. Aceptar que el camino que otro toma para llegar a una idea puede ser radicalmente distinto al nuestro, y ser igualmente válido. Eso obliga a desprogramarse. A soltar el modelo. A dejar de medir el aprendizaje ajeno con la regla del propio.

No es fácil. Es mucho más cómodo concluir que el otro no razona.

Pero cada vez que alguien dice esa frase, no está describiendo a un estudiante. Está describiendo el límite de su propia imaginación pedagógica.

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