domingo, 19 de abril de 2026

"Vendrán lluvias suaves: Reflexión sobre la guerra y el futuro"

Hay un cuento de Ray Bradbury que me impresionó mas que otros. No tiene personajes de carne y hueso, no hay diálogos ni héroes. Es, básicamente, la descripción de una casa que sigue haciendo sus cosas aunque ya no queda nadie para habitarla.

Vendrán lluvias suaves forma parte de las Crónicas Marcianas, publicadas en 1950 —cinco años después de Hiroshima. Bradbury escribió ese texto todavía con el olor a ceniza en el aire.

La historia ocurre en agosto de 2026 —este año, para ser precisos— en una ciudad de California borrada por una guerra nuclear. La casa inteligente no lo sabe, o no le importa, que viene a ser lo mismo. La cocina prepara el desayuno. Los ratones mecánicos limpian el piso. Todo funciona con puntualidad impecable para una familia que murió en el jardín, dejando sus siluetas grabadas en la pared como una fotografía negativa del horror. La rutina persistiendo después del fin. El rito continuando sin el dios.

Me detengo en eso porque es exactamente lo que vemos cuando miramos las guerras actuales. Ucrania lleva más de tres años bajo bombardeos. Gaza ha sido reducida a escombros con una sistematicidad que ya no escandaliza porque el escándalo continuo se vuelve ruido de fondo. El Sudán, el Congo, el Yemen. En todas partes lo mismo: las estructuras funcionando, los discursos repitiendo consignas de soberanía y valores, mientras los muertos se convierten en cifras y los niños aprenden a distinguir por el sonido si el misil va a caer lejos o cerca.

La guerra moderna tiene esa cualidad mecánica que le aterraba a Bradbury. Los drones vuelan solos. Los algoritmos identifican blancos. La casa sigue funcionando. Solo que ya no hay nadie adentro.

El poema que la casa recita esa noche —programada para hacerlo aunque nadie escuche— es de Sara Teasdale, escrito en 1920, después de la Primera Guerra Mundial: "vendrán lluvias suaves y olores de tierra... y nadie sabrá nada de la guerra, a nadie le interesará que haya terminado. A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, si la humanidad se destruye totalmente, la primavera al despertar apenas sabrá que hemos desaparecido."

Hay algo brutal en esa indiferencia de la naturaleza. Consuela porque el mundo seguirá siendo hermoso. Desespera porque esa belleza no nos necesita. Y sin embargo insistimos en destruirnos como si la guerra fuera lo que nos define, como si la especie no pudiera existir sin ese ejercicio periódico de matarse entre sí.

Lo que más me inquieta del cuento no es la destrucción. Es el olvido. Las ciudades arrasadas que desaparecen de los titulares. Los muertos que dejan de ser personas. La memoria que se apaga porque a los que quedan les resulta insoportable mantenerla viva.

Y sin embargo Bradbury dejó el poema de Teasdale en el centro del cuento, como una nota al pie: la naturaleza sobrevivirá, las golondrinas seguirán girando, el mundo seguirá siendo. No sé si eso es esperanza o simplemente la constatación de que somos prescindibles. Tal vez sea la única honestidad posible: reconocer la propia pequeñez y seguir apostando, de todas formas, a que vale la pena no destruirse.

Este año, 2026, es el año en que transcurre el cuento. Bradbury eligió esa fecha hace setenta y cinco años. No acertó —todavía— en los hechos. Pero en lo que denunciaba, lleva demasiado tiempo teniendo razón.

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