domingo, 15 de febrero de 2026

Un hijo nunca debe morir


Suena a frase hecha, casi a obviedad, pero cuando pasa deja de ser idea y se vuelve grieta. Algo se desacomoda para siempre. No hay explicación que alcance, ni palabras que realmente sirvan. Todo lo que uno creía que tenía cierto orden —que los padres se van primero, que la vida sigue una secuencia más o menos comprensible— se rompe sin pedir permiso.

Cuando muere un hijo no se pierde solo a una persona. Se pierde el futuro que uno imaginaba en silencio. Las escenas pequeñas: una mesa compartida, una conversación pendiente, un abrazo que se daba por hecho. De pronto todo eso queda suspendido, como si alguien hubiese apagado la luz en mitad de la casa.

La ciencia puede hablar de causas. Las noticias pueden hablar de hechos. Pero nada de eso toca lo que queda después: el silencio en una habitación, la ropa doblada que nadie va a usar, el nombre que cuesta pronunciar porque duele ponerlo en pasado.

Hay algo profundamente injusto en esa experiencia. No porque el mundo prometa justicia —nunca lo hizo— sino porque dentro nuestro existe la certeza de que la vida joven representa comienzo, posibilidad, algo que todavía estaba escribiéndose. Y cuando eso se corta, no solo se quiebra una historia; se quiebra la confianza básica en el orden de las cosas.

Un hijo no debería morir.

Y cuando ocurre, el tiempo ya no se mide igual. Hay un antes y un después. El mundo sigue, sí, pero para quienes aman, algo queda detenido para siempre.

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