Sin que esto suene a desprecio a la cultura geek, cada 31 de julio los fans recuerdan el cumpleaños de Harry Potter. Y con él, esa carta que le confirmó lo que siempre había sido, sin saberlo.
Puede que por eso la escena siga funcionando tantos años después. No es la magia lo que conmueve. Es la promesa de que alguien, en algún momento, viene a decirnos que estábamos destinados a algo distinto.
Todos hemos esperado esa carta a nuestra manera. El trabajo que abre una puerta, la llamada que reordena los días, la señal que justifique tanto esfuerzo acumulado. Vivimos esperando que algo irrumpa y confirme que hay otro camino para nosotros.
Pero la vida no te envía lechuzas. Sus cambios no llegan con sello de cera ni ceremonia. Llegan disfrazados de pérdida, de fracaso, de un miedo que nos empuja a movernos. En el momento parecen injustos. Solo después se entienden como principio de otra cosa.
Quizás el error sea esperar una señal inequívoca antes de movernos. Esperar la carta perfecta es, muchas veces, una forma cómoda de postergarse.
¿Y si nunca llega? ¿Y si el único permiso que hacía falta era el que no nos hemos dado todavía?
La magia, tal vez, no está en ser elegidos. Está en elegir.
Harry tuvo una carta. Nosotros tenemos algo más callado: cada amanecer, disfrazado de día cualquiera, ofreciendo la misma oportunidad.


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