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lunes, 12 de octubre de 2026

Quién nos contó quiénes somos?

En la serie Yellowstone, hay un capítulo de la segunda temporada que es especialente significativo, Monica Dutton empieza su clase con algo que parece simple. Pregunta qué es el poder. Y sin que  la sala sepa responder Ella dice: poder es lograr que alguien haga lo que no quiere hacer.

Pero ella no se conforma con eso. Saca el diario de Colón. Ahí está, en tinta, el momento exacto en que un hombre llega a una tierra que ya tenía lengua, dioses, orden propio — y en vez de preguntarse qué era ese mundo, calcula cuántos soldados hacen falta para doblegarlo.

Monica no está ahí para justificar eso. Está ahí para explicarlo. Y es importante la diferencia: explicar no es absolver. Ella no defiende al conquistador — lo entiende, lo desnuda, lo pone sobre la mesa como lo que fue. Porque antes de ser una reflexión sobre el poder en abstracto, es la historia de lo que le pasó a su pueblo. A nuestro pueblo.

Ese es el primer poder. El que somete.

Pero hay otro, más silencioso: el poder de decidir qué hacer con el vencido. Y todavía otro, más hondo: el poder de decidir cómo se cuenta lo que pasó.

Porque la conquista no fue solo tierra. Fue idioma, nombre, institución, una manera entera de leer el mundo impuesta sobre otra que ya estaba ahí. Y lo curioso es que esa imposición sobrevivió a quienes la impusieron. Los conquistadores se fueron, murieron, se disolvieron en la historia — pero la lengua se quedó.

Y entonces uno se mira al espejo y encuentra la paradoja: apellido europeo, sangre que viene de mucho antes de Europa. Hablamos con las palabras del que llegó, cargando memoria del que ya estaba.

Puede que el poder que dura no sea el que golpea, sino el que se instala en el relato — el que logra que generaciones enteras cuenten la historia con las palabras del vencedor, aunque en las venas corra otra cosa.

Quien conquista un territorio gana un mapa.

Quien conquista el relato gana algo más difícil de devolver: el significado.

Así que la pregunta de Monica no debería quedarse en qué es el poder.

La de verdad, la que hay que revisar, es otra:

¿Quién tuvo el poder de contarnos quiénes somos?

lunes, 13 de julio de 2026

El último puerto


Hay una historia sobre Morgan Freeman que siempre me ha parecido más interesante que muchas de sus películas. Se dice —y él mismo lo ha confirmado más de una vez— que usa aros de oro porque, si la muerte lo sorprende lejos de casa, ese oro alcanza para pagar un entierro. No es la excentricidad de un millonario aburrido. Es una vieja costumbre de marineros, hombres que sabían que el mar no hace promesas y que cualquier puerto podía convertirse en el último.

Lo fascinante no son los aros. Es la idea que llevan colgada.

Vivimos en una época que habla sin parar de bienestar, longevidad y productividad, pero que trata a la muerte como si fuera un error del sistema, un bug que todavía no logramos parchar. La escondemos en hospitales, la maquillamos con eufemismos —"partió", "descansa", "ya no está"— y evitamos cualquier conversación que nos recuerde que el tiempo, el nuestro, tiene fecha de vencimiento.

Quizá por eso la historia de Freeman resuena tanto. Un simple aro de oro dice más sobre la condición humana que varios tratados de filosofía juntos. Es un recordatorio silencioso de que no elegimos cuándo termina el viaje, pero sí podemos decidir cómo nos encuentra ese momento: con las cuentas pendientes, o con la paz de no haberlo dejado todo para mañana.

Nuestros abuelos convivían con la muerte sin convertirla en obsesión ni en tabú. La aceptaban como parte del equipaje. Hacían testamento, elegían dónde querían que los enterraran, transmitían rituales, y enseñaban a los hijos que la vida valía justamente porque no era eterna. En mi familia, esa costumbre todavía se nota: se habla de la muerte con una naturalidad que a otros resultaría casi incómoda.

La mayoría , en cambio, acumulan fotografías para probar que estubieron vivos, mientras se les olvida vivir con la intensidad necesaria para que esas fotografías signifiquen algo.

Puede que el verdadero valor de esos aros nunca haya estado en el oro, sino en la pregunta que dejan flotando. Si hoy fuera el final del viaje, ¿hemos dejado algo más que deudas? ¿Dijimos lo que había que decir? ¿Pedimos perdón cuando tocaba? ¿Amamos sin reservas, o seguimos actuando como si la muerte fuera un problema exclusivo de los demás?

Al final, todos vamos a tener un último puerto. Y tal vez la mejor previsión no sea llevar oro en las orejas, sino dejar una ausencia que duela por todo lo que se compartió, y no por todo lo que se quedó sin hacer.