domingo, 15 de marzo de 2026

Cuando opinar te aisla

 


Hace un tiempo, en una sobremesa entre amigos, alguien hizo una pregunta incómoda sobre un tema político del momento. No fue un insulto ni una provocación. Fue una duda. Pero bastó eso para que la conversación se tensara. Hubo silencio, miradas incómodas… y alguien dijo algo como: “Mejor no hablemos de eso”.

Ese pequeño momento dice mucho sobre el clima cultural actual.

Hoy en ciertos círculos se habla de la “cultura de la cancelación” para describir un fenómeno que se ha vuelto común en las redes sociales: cuando una persona expresa una opinión impopular, una frase mal formulada o una postura que se sale del consenso dominante, puede convertirse rápidamente en el blanco de una reacción masiva que busca silenciarla, desacreditarla o expulsarla del espacio público.

Las plataformas digitales —como X (Twitter), Instagram o TikTok— han acelerado ese mecanismo. Lo que antes podía ser una discusión limitada ahora puede transformarse en cuestión de horas en una avalancha de reproches, capturas de pantalla, juicios morales y llamados a “cancelar”.

El problema no es que la sociedad critique comportamientos o ideas. La crítica es parte esencial de cualquier cultura sana. Las comunidades siempre han tenido formas de marcar límites morales. El verdadero problema aparece cuando la crítica deja de buscar comprensión o corrección, y pasa a convertirse en una especie de tribunal público sin matices ni contexto.

Y en ese ambiente, algo fundamental se pierde: la posibilidad de equivocarse.

Pensadores sobre la libre expresión, como John Stuart Mill, defendían la importancia del desacuerdo precisamente por eso. Para él, incluso las ideas erróneas tenían valor, porque obligaban a la sociedad a examinar sus propias convicciones. Cuando el debate desaparece, las ideas dominantes dejan de ser defendidas con argumentos y pasan a sostenerse simplemente por presión social.

Lo preocupante es que la cultura de la cancelación no siempre distingue entre malicia y torpeza, entre una postura discutible y un ataque deliberado. A veces basta una frase fuera de contexto, un comentario ambiguo o una interpretación hostil para desencadenar una reacción desproporcionada.

En lugar de diálogo, aparece el castigo.

En lugar de corrección, la expulsión.

Paradójicamente, esta dinámica termina generando el efecto contrario al que dice perseguir. Cuando las personas sienten que cualquier error puede convertirse en una condena pública, dejan de hablar con honestidad. Se vuelven cautelosas, calculadas. No dicen lo que piensan; dicen lo que es seguro decir.

Y cuando una sociedad empieza a temerle a las preguntas, algo se pierde.

La historia muestra que muchas ideas que hoy consideramos obvias comenzaron siendo incómodas. El progreso intelectual casi siempre empieza con alguien que se atreve a pensar distinto.

Eso no significa tolerar cualquier cosa ni justificar discursos dañinos. Pero sí exige una virtud cada vez más escasa: proporción. No todo error merece una hoguera digital. No toda opinión incómoda es un ataque.

Quizá el meollo del asunto no sea decidir quién tiene (o quiere tener) razón en cada discusión, sino aprender algo más difícil: cómo convivir con el desacuerdo sin convertirlo en una guerra cultural permanente.

Porque una sociedad madura no es aquella donde todos piensan igual.

Es aquella donde nadie tiene miedo de pensar en voz alta. 

Ya lodijo el gran Carlos Caselli "No tengo porque estar de acuerdo con lo que pienso" 

sábado, 14 de marzo de 2026

π. El secreto que esconden todos los círculos

 


π Como todos ya saben es 3.14159265358979323830... y tambien se que todos se dieron cuenta que 30 no va ahí...

 Hoy es Día de Pi (14 de marzo), una fecha que celebra a uno de los números más curiosos de las matemáticas π. Ese 3.14159... Que nunca termina. 

Hace unos años, vi a un niño dibujando círculos en la arena. Me hizo una pregunta simple que me dejó sin palabras: “¿Por qué todos los círculos se ven parecidos?”.

​La respuesta, aunque parezca compleja, cabe en un símbolo: π.

​Este número no es solo una cifra escolar; es una constante universal. Si tomas cualquier círculo —desde una moneda hasta la órbita de un planeta— y divides  el perímetro por su diámetro. el resultado es siempre el mismo: 3.14159...

​Lo que hace a \pi fascinante:

​Es democrático: No importa el tamaño o el lugar del universo; la proporción es idéntica. Es el "ADN" común de toda forma circular.

​Es infinito: Sus decimales no terminan nunca y jamás repiten un patrón. Es un número impredecible que desafía nuestra necesidad de orden.

​Es histórico: Desde los babilonios hasta las supercomputadoras actuales que calculan billones de sus dígitos, la humanidad ha estado obsesionada con descifrarlo.

​Cada 14 de marzo (3/14), celebramos el Día de Pi. Algunos lo hacen por su utilidad en la ingeniería y los satélites, otros por el simple placer de memorizar sus decimales.

​Al final, el niño de la arena tenía razón. Todos los círculos se parecen porque todos están conectados por este misterioso número interminable que se esconde en sus bordes

Rompecabezas: el arte de encajar


 Cuando no tienes el manual, ni las piezas completas, ni tiempo para dudar, aprendes algo esencial: encajar no es perfección, es funcionalidad.

Un rompecabezas, como la vida, rara vez viene en una caja cerrada. Faltan piezas. Sobran otras. Algunas están dañadas. Y aun así, hay que hacerlo funcionar. No para que se vea bonito, sino para que no se desmorone  en tus manos.

La mayoría intenta encajar copiando la imagen de la tapa. Error clásico. Si no tienes todas las piezas, esa imagen ya no sirve. Tienes que observar lo que hay, entender para qué sirve cada forma y aceptar que el resultado final será distinto… pero operativo.

Una regla básica: No fuerzas una pieza. La adaptas sin romperla. Si se quiebra, el problema no era la pieza, eras tú.

Encajar no es rendirse al molde. Es improvisar con inteligencia. Usar lo que tienes, donde estás, con las limitaciones reales. La creatividad no nace de la abundancia, nace de la escasez.

Al final, el rompecabezas no queda perfecto.

Queda estable. Y a veces, eso es suficiente para seguir adelante.

Porque sobrevivir no es armar la imagen ideal. Es lograr que todo encaje lo justo… para no caer.

viernes, 13 de marzo de 2026

Cuando la oscuridad nos alcance


 No hay nadie detrás. He mirado por encima del hombro y el camino siempre está vacío.

Corro igual. No por miedo a un perseguidor, sino por algo más exacto: la rotación. Corro para prolongar la franja de luz que aún me toca, sabiendo que la oscuridad no necesita apurarse. Ella espera; yo me desgasto.

La noche es el estado natural. La claridad, un préstamo breve. Y, sin embargo, en el golpe repetido del pie contra la tierra encuentro una prueba: mientras hubo luz, hubo voluntad.

Sé que me alcanzará. Pero que no se diga que me encontró quieto.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Ese pequeño accidente químico que llamamos amor



A nadie le gusta admitirlo, pero el amor casi siempre empieza de una forma poco elegante.

No con música de fondo ni con frases memorables. Empieza con algo mucho más torpe: una mirada que se queda medio segundo más de lo normal, una conversación que no parecía importante y que de pronto se vuelve difícil de abandonar.

Después, sin que nadie lo haya pedido, el cerebro empieza a hacer cosas raras.

Desde la Neurociencia sabemos que el proceso es menos romántico de lo que nos gusta imaginar, pero también mucho más interesante. El amor no aparece completo. Se arma por partes.

Primero llega el impulso más básico: el deseo. Hormonas, y ellas hacen su trabajo silencioso y antiguo: dirigir la atención hacia alguien en particular. No es una decisión consciente. Es más bien como si el cerebro levantara la mano y dijera: oye… mira ahí.

Hasta aquí todo es manejable.

El problema empieza después.

Porque si esa persona vuelve a aparecer, si hay química —o lo que llamamos química— el cerebro activa su sistema de recompensa. La protagonista aquí es la Dopamina, una molécula que convierte algo interesante en algo difícil de ignorar.

Y de pronto esa persona se cuela en los pensamientos cuando uno está trabajando, lavando platos o intentando dormir.

No porque lo hayamos decidido.

Porque el cerebro ya decidió que vale la pena insistir.

Esto, curiosamente, se parece mucho a una adicción. La misma maquinaria neuronal que nos empuja a perseguir recompensas es la que se enciende cuando alguien empieza a importarnos demasiado.

Pero el cerebro tampoco es tan irresponsable como parece.

Si la historia continúa, entra en juego otro sistema. Más silencioso, más estable. Aquí aparecen sustancias como la Oxitocina y la Vasopresina, que se liberan con la cercanía, con el contacto, con esa extraña comodidad de poder quedarse en silencio con alguien sin que resulte incómodo.

Esas moléculas no producen mariposas en el estómago.

Producen algo más raro: la sensación de hogar.

Y tal vez por eso el amor resulta tan desconcertante. Empieza como una pequeña alteración química, un sistema de recompensa un poco entusiasmado… y termina reorganizando la vida entera.

Lo curioso es que nadie planea que ocurra.

De hecho, la mayoría de las veces, si somos honestos, preferiríamos que no pasara en absoluto.

Pero el cerebro tiene una forma bastante obstinada de decidir qué —y quién— empieza a importar.

lunes, 9 de marzo de 2026

El día que la democracia disparó en Puerto Montt

Hay cicatrices que una nación prefiere no mirar frente al espejo. Nos gusta creer que la violencia estatal es un patrimonio exclusivo de las dictaduras, un paréntesis de oscuridad que se abre y se cierra con botas militares. Pero la historia de Chile guarda un capítulo que rompe ese relato cómodo: la Matanza de Pampa Irigoin.

https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_Puerto_Montt

Ocurrió el 9 de marzo de 1969, en un Puerto Montt frío y húmedo. No fue una guerra, ni un alzamiento armado; fue el choque brutal entre la necesidad humana más básica y la frialdad de la "por la razón o la fuerza". 

En el sector de Pampa Irigoin, 91 familias que no tenían donde caerse muertas levantaron un campamento. No buscaban derrocar un gobierno ni agitar banderas ideológicas. Buscaban un pedazo de tierra para clavar cuatro tablas y proteger a sus hijos de la lluvia del sur.

​Lo que había allí era lo que hoy llamaríamos "la realidad":​ Niños jugando entre los charcos, mujeres sosteniendo hogares con lo mínimo, hombres esperando una mesa de diálogo que nunca llegó.

​Lo que vuelve a Pampa Irigoin un episodio verdaderamente aterrador es su contexto: ocurrió en plena democracia.

​Bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva y con Edmundo Pérez Zujovic en el Ministerio del Interior, la orden de desalojo se firmó con la misma pluma que firmaba leyes. La mañana de aquel 9 de marzo, Carabineros rodeó el lugar. No hubo mediación efectiva, solo el estruendo de los disparos atravesando paredes de madera y cuerpos desarmados.

​Diez muertos. Diez personas cuyo único delito fue no tener un techo. La democracia chilena decidió que el "orden público" valía más que la vida de quienes dormían sobre el barro. ¿Por qué nos cuesta tanto recordar Puerto Montt 1969? Porque nos obliga a aceptar que las instituciones, incluso las que elegimos en las urnas, son capaces de ejercer una violencia ciega cuando se sienten desafiadas por la pobreza.

​Olvidar Pampa Irigoin es una forma de complicidad. Cuando el Estado habla hoy de "restablecer el orden", la sombra de 1969 se proyecta sobre la mesa. ​

Mirar hacia atrás no es un ejercicio de masoquismo social, es una obligación ciudadana. Recordar a los muertos de Pampa Irigoin es entender que el derecho a la vivienda y la dignidad humana no pueden ser aplastados por un decreto ni silenciados por un fusil.​ La historia no se trata de lo que queremos recordar, sino de lo que no nos podemos permitir olvidar. Que el barro de Puerto Montt nos siga incomodando; es la única forma de asegurar que no se repita.​

¿Conocías este episodio de la historia de Chile o crees que se ha intentado borrar de la memoria colectiva? Hablemos de ello en los comentarios.

domingo, 8 de marzo de 2026

Antes muerta que sencilla

El 8 de marzo solemos inundarnos de cifras de desigualdad y discursos solemnes. Es necesario, sí, pero mujeres, hace falta el matiz de la actitud. Ese que no sale en las estadísticas, pero que se siente en la calle.

​Hay una frase que en el mundo hispano que se suelta casi entre risas, pero que hoy cobra un sentido distinto: "Antes muerta que sencilla".

​Más allá de la canción de María Isabel,  esta frase encierra una metáfora poderosa sobre la resistencia. No habla de vanidad; habla de identidad. De no achicarse. De presentarse ante el mundo con un orgullo que no pide permiso para existir.

​Históricamente, a la mujer se le ha pedido ser "sencilla". Y no en el sentido de humildad, sino en el de no estorbar.

  • ​Se les pidió ser discretas para estudiar.
  • ​Se les pidió no hacer ruido en el trabajo.
  • ​Se les pidió encajar en estructuras que no fueron diseñadas para ellas.

​Decidir no ser "sencilla" es, en realidad, una forma de decir: "No me voy a reducir para que el resto se sienta cómodo". Es la negativa rotunda a hacerse pequeña para que el mundo sea más fácil para otros.

​Este 8M no va de idealizar figuras abstractas, sino de reconocer la resistencia cotidiana. Esa que vemos en la madre que defiende su espacio, en la estudiante que levanta la voz o en la profesional que ocupa su lugar con autoridad.

​Si lo miramos con ese humor latino que nos caracteriza, el espíritu de la frase encaja a la perfección. Porque la dignidad también se expresa así: con la espalda recta, la mirada de frente y cero intención de ser "discretas" mientras siguen conquistando derechos.

​Hoy celebreen esa negativa a ser invisibles. Porque al final, ocupar su lugar en el mundo es el acto de altaneria más elegante que existe.

​Dedicado a las mujeres de mi vida, en especial a Paulina Espinoza que me enseña cada dia que para ustedes Mujeres, la importancia de pararse ante la vida " Antes muertas que sencillas"