sábado, 31 de enero de 2026

Incendios y negligencia estatal

 



Es, una vez más, una noticia trágicamente familiar. Un verano en el centro-sur de Chile, una ola de calor que ya no es excepcional sino norma, y el paisaje comienza a arder con una furia que parece espontánea, pero no lo es. Los incendios que comenzaron en enero de 2026 en las regiones del Biobío y Ñuble no son un accidente ni una desgracia imprevisible: son la manifestación visible de una negligencia prolongada, de un modelo territorial y productivo que convirtió el fuego en una certeza.

El balance habla por sí solo y acusa sin necesidad de adjetivos: 21 personas fallecidas, más de 50.000 evacuados, comunidades enteras arrancadas de raíz. Pueblos como Lirquén vieron desaparecer cerca del 80% de su zona urbana bajo un manto de ceniza y humo. El Estado respondió como siempre responde cuando ya es tarde: declaró el estado de catástrofe, desplegó a las Fuerzas Armadas y prometió reconstrucción. Pero ninguna de esas acciones responde a la pregunta esencial, la que sigue ardiendo cuando el fuego se apaga.

Porque el verdadero incendio no comienza en el bosque, sino en la suma de decisiones evitadas: monocultivos forestales que secan la tierra, urbanización sin planificación, prevención crónicamente subfinanciada, advertencias científicas archivadas por incómodas. Cada verano repetimos el mismo ritual: duelo, indignación, promesas. Y luego, el olvido. Hasta el próximo foco.

La pregunta que abrasa más fuerte que las llamas no es qué pasó, sino por qué seguimos aceptando que pase. ¿Hasta cuándo confundiremos catástrofe con fatalidad? ¿Hasta cuándo llamaremos tragedia a lo que es consecuencia? Mientras no se asuma que estos incendios no son una anomalía, sino el síntoma de un problema estructural, el país seguirá ardiendo —no por sorpresa, sino por costumbre.

Chile no se está quemando: está siendo incendiado por la suma de decisiones que se postergan, los intereses que se protegen y la cobardía de llamar “desastre” a lo que es responsabilidad. Mientras sigamos llorando las cenizas en vez de cambiar las causas, el fuego no será una tragedia inevitable, sino una condena merecida

jueves, 29 de enero de 2026

“Cuando amar es quedarse”




A veces la angustia no grita.

Se queda sentada en una silla de hospital, con un café frío entre las manos y el corazón latiendo demasiado rápido para un cuerpo que no se mueve.

Es mirar a alguien que amas conectado a cables, monitores y silencios, y descubrir que el miedo no siempre se parece al pánico. A veces se parece a la espera. A contar respiraciones ajenas como si fueran propias. A negociar con Dios en voz baja: si hoy pasa la noche, prometo no pedir nada más.

En esos pasillos aprendemos verdades que no salen en los libros. Que la medicina es precisa, pero el amor es torpe. Que los doctores hablan de probabilidades, mientras tú solo escuchas nombres, recuerdos, futuros posibles que no quieres perder. Que la palabra estable puede ser un consuelo o una amenaza, dependiendo del día.

La angustia de tener a alguien enfermo es sentirte inútil en tu versión más honesta. No puedes curar, no puedes acelerar el tiempo, no puedes cambiar el diagnóstico. Solo puedes estar. Y a veces, estar duele más que irse.

Pero también pasa algo extraño. En medio del miedo, el amor se vuelve brutalmente claro. Cada gesto importa. Cada “aquí estoy” pesa más que cualquier promesa. Y aunque nadie te lo diga, acompañar también es una forma de salvar.

Porque cuando alguien que amas está enfermo, no solo lucha su cuerpo. Luchan todos los que lo esperan. Y aun así, seguimos ahí. Con angustia, con esperanza, con el corazón cansado… pero presentes. Siempre presentes.

Dedidado con especial cariño a mi sobrina Fernanda Pedrero. Dios escucha. 

miércoles, 28 de enero de 2026

Woddy Allen y la filosofía

 



Dentro de las películas hechas por Woody Allen, las que personalmente no soy un gran fan, hay una, Love and Death, que llamo poderosamente mi atención, no por su profundidad ya que más bien es una parodia de la moral, sino, por lo que puedes leer entre líneas. Antes de que la filosofía se volviera solemne en la película, hubo un instante honesto: alguien hizo algo terrible y tuvo que justificarlo. Love and Death se sitúa ahí, donde las grandes preguntas morales chocan con la torpeza humana, el miedo a morir y la absurda necesidad de tener razón. Entre duelos ridículos e ironía constante, la película se burla de la moral elevada y revela algo inquietante: nuestros principios no nacen del cielo, sino del pánico a vivir en un mundo sin reglas.

Y es eso lo que da lugar a este post. 

La moral no es un mandamiento divino grabado en las estrellas ni una excentricidad privada, como preferir vainilla por sobre chocolate. No cayó del cielo en una tabla de piedra ni nació del capricho de un filósofo con tiempo libre. Es algo bastante menos glamoroso y mucho más urgente: un pacto entre personas que han entendido, generalmente a golpes, que sin ciertas reglas mínimas la convivencia dura lo que tarda alguien en sacar un cuchillo.

Lo aprendemos —como en Love and Death— no en una cátedra solemne, sino después del desastre, del crimen mal pensado, del cadáver incómodo que arruina cualquier argumento elegante. Porque la moral no se deduce en abstracto: se descubre cuando alguien muere y, de pronto, todas las teorías suenan ridículas. Es una cuerda tejida entre sujetos igualmente frágiles, no para alcanzar la virtud, sino para no despeñarnos juntos por el mismo abismo.

Y se apoya en hechos tan poco metafísicos como un martillo en la cara: si golpeas a alguien, duele. No “depende del contexto”, no “es una construcción cultural interesante”, duele. El dolor no es una opinión ni una metáfora posmoderna; es verificable, inmediato y suele ir acompañado de gritos poco filosóficos. Evitarlo no es una postura moral elevada, es el mínimo común denominador de cualquier tribu que aspire a durar más que una mala comedia.

Por eso, cuando alguien proclame con aire profundo que “todo es relativo”, hazle una pregunta sencilla, casi grosera: si le parecería bien que le roben su propio botín. Observa su rostro. La indignación instantánea, esa reacción primitiva y nada sofisticada, es la prueba empírica que ninguna dialéctica logra refutar. En ese gesto está toda la ética que necesitamos: no me hagas a mí lo que no quieres que te hagan, especialmente si involucra puñales, traiciones o un juicio moral posterior.

En este mundo desordenado, sucio y ligeramente absurdo —muy al estilo de Woody Allen— la moral no es una revelación sagrada ni un juego intelectual. Es un acuerdo incómodo, imperfecto y profundamente humano. No nos hace nobles, ni sabios, ni felices. Pero es, a falta de algo mejor, el único suelo firme que nos queda para no resbalar directamente hacia la nada… mientras discutimos, claro, si la nada es objetiva o solo una construcción social.

martes, 27 de enero de 2026

Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto II

 


Porque escribir sólo un post no es suficiente... Recordemos el Holocausto y que dijimos "Nunca más" y después Camboya (1975-1979), Ruanda (1994), Srebrenica Bosnia (1995), Gaza. 

“Nunca más”.

La frase que sacamos del cajón cada vez que la historia vuelve a estallar. La decimos en ceremonias, la grabamos en monumentos, la repetimos cada aniversario. Pero, siendo honestos, ¿qué significa hoy?

Si el “Nunca Más” fuera un contrato, la humanidad ya estaría en quiebra.

Hemos convertido la memoria en un rito, cuando debería ser una herramienta de vigilancia. El genocidio no irrumpe de golpe: se construye a plena vista. Empieza cuando el “ellos contra nosotros” se normaliza en la mesa, cuando se llama plaga o amenaza a personas, cuando la soberanía pesa más que la vida de quienes la habitan.

El compromiso no puede ser solo emocional: tiene que ser verificable.

No basta con llorar frente a fotos en blanco y negro mientras ignoramos las señales en alta definición del presente. Un “Nunca Más” real no espera fosas comunes: actúa cuando se hacen listas, se cortan suministros, se deshumaniza al vecino.

Es hora de pasar de la diplomacia del pésame a la política de la prevención. Exigir gobiernos que no miren a otro lado por intereses y organismos internacionales con dientes, no solo discursos.

La próxima vez que digamos “Nunca Más”, preguntémonos qué estamos haciendo hoy para que no sea el guion del próximo documental.

La memoria sin acción es nostalgia.

Y la nostalgia no salva vidas.

Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto



El Holocausto no comenzó en las cámaras de gas. Comenzó antes: cuando una sociedad aceptó que la verdad es negociable. Cuando las palabras se vaciaron de sentido, cuando el lenguaje se usó para encubrir la exclusión y justificar el odio, la primera víctima no fue un pueblo concreto, sino la verdad misma. Esa erosión ética se gestó en lo cotidiano: en la burla que deshumaniza, en el silencio ante la mentira, en la aceptación pasiva de que no todos los seres humanos valen lo mismo.

Cada vez que un hecho fue subordinado a una conveniencia ideológica, se debilitó el pacto social. La verdad no es un lujo intelectual: es el cimiento que impide que la dignidad humana tenga excepciones. Cuando se la sacrifica, la moral se vuelve relativa y la injusticia, tolerable.

Recordar el Holocausto no es solo honrar a las víctimas, sino asumir una advertencia vigente. Defender la verdad en la vida diaria es un acto de prevención ética. En cada elección por la honestidad, la justicia y la compasión, se desactivan los primeros pasos hacia la barbarie. Cuidar la verdad es cuidar al prójimo y mantener viva la promesa del “nunca más”.

lunes, 26 de enero de 2026

Resiliencia



No eres lo que te pasó. Eres lo que haces con lo que te pasó.

Esta frase, a menudo atribuida a Carl Jung, no es un eslogan de autoayuda ni un consuelo amable: es una declaración de independencia interior. El pasado es un hecho irrevocable, una secuencia de acontecimientos y heridas que no elegiste, pero que insisten en reclamar el derecho a definirte. Sin embargo, la resiliencia auténtica no consiste en negar el daño ni en maquillarlo de optimismo, sino en retirarle el poder de gobernar tu vida.

Cuando te reduces a lo que te hirió, conviertes el dolor en identidad y le cedes el timón de tu futuro a algo que ya no está, a un eco que sobrevive solo porque sigues escuchándolo. El verdadero quiebre ocurre cuando comprendes que tu identidad no es un archivo estático de desgracias ni un altar a la victimización, sino un espacio vivo de decisión. No eres un museo de traumas: eres un taller. Y en ese taller eliges qué hacer con los restos del naufragio.

Eres la conciencia que transforma la herida en aprendizaje, la lucidez que extrae sentido del caos y la valentía de proyectar un mañana que no se arrodille ante la tragedia. Lo que te ocurrió explica tu punto de partida, pero no justifica tu destino. La historia puede haber comenzado sin tu consentimiento, pero su dirección actual depende de tus actos.

El futuro no es un lugar al que se llega por inercia; es una obra que se construye cuando dejas de narrarte como víctima de las circunstancias y asumes el rol, incómodo pero liberador, de autor de tu propia vida. La redención no llega desde fuera: se diseña, se decide y se sostiene cada día.

domingo, 25 de enero de 2026

Ecología, historia de un saqueo


Esta es la historia de Julia Butterfly Hill y muchos otros como ella.

Madurar es entender que muchas historias no trataban de héroes contra villanos, sino de quién tiene derecho a existir.

Lo que fue desplazado no cayó por debilidad, sino por avance industrial. Lo ancestral, lo común, lo no rentable fue empujado a los márgenes cuando el crecimiento económico se convirtió en dogma. Bajo tierra quedaron los bosques, los ríos, los ecosistemas completos; no físicamente, sino en el orden de prioridades.

La lógica fue simple y brutal: si no genera valor, estorba.

La devastación no ocurrió por ignorancia, sino por decisión política. Se eligió el cemento por sobre el suelo fértil, la rentabilidad por sobre la vida, el consumo inmediato por sobre cualquier futuro compartido. Y se justificó todo con una palabra vacía: progreso.

El problema nunca fue la necesidad humana, sino su insaciabilidad estructural. Un sistema que convierte todo en recurso —incluida la naturaleza— crea sujetos que jamás tendrán suficiente, porque siempre habrá algo más que extraer, vender o reemplazar.

Durante años nos enseñaron a ver toda resistencia como amenaza. Defender la tierra era atraso. Poner límites al mercado era radicalismo. Recordar lo sagrado de lo común era infantil. Hoy, con ecosistemas colapsando y ciudades inhabitables, esa narrativa se cae sola.

Esto no era una guerra por poder.

Era —y sigue siendo— una lucha por sobrevivir a un modelo civilizatorio que necesita destruir para mantenerse.

La pregunta incómoda no es si el sistema funciona.

Funciona perfectamente.

La pregunta real es:

¿funciona para la vida, o solo para su explotación?