No en la novela como espectáculo, sino en lo que Herbert miraba de verdad cuando la escribió: el mecanismo por el cual una civilización decide que cierto lugar remoto e inhóspito merece ser conquistado. Arrakis no tenía nada que ofrecer excepto la especia, esa sustancia sin la cual el universo conocido se detendría. Todo lo demás —el sufrimiento de los Fremen, la ecología destruida, las guerras dinásticas— era el precio que alguien más pagaba.
Artemis II fue un sobrevuelo, una prueba de sistemas. Pero el programa no oculta sus ambiciones. La NASA no busca repetir el Apollo: la meta es ir a la Luna y quedarse, construir una base, abrir el camino a Marte. Y detrás —o más precisamente, al lado y cada vez más adelante— están SpaceX y Blue Origin, con sus propios calendarios y su propia visión de lo que significa colonizar otro mundo.
¿Cuál es la especia de Marte? Puede ser el agua en sus polos, el helio-3, o simplemente el espacio como válvula de escape para una Tierra que se queda pequeña. O puede ser algo más viejo: el control. El que llega primero, nombra. El que nombra, posee. Lo que sí sabemos es que ese viaje ha costado 93 mil millones de dólares proyectados, y que no está siendo financiado por poetas. Está siendo financiado por gobiernos que negocian con empresas que tienen accionistas que esperan retorno.
Nada de eso hace que el vuelo sea menos asombroso. Pero Herbert nos enseñó algo que vale la pena recordar mientras miramos esas imágenes desde la ventana del Orion: que la maravilla y la ambición viajan siempre juntas, y que la segunda no siempre tiene los mejores modales.
Paul Atreides llegó a Arrakis creyendo que venía a gobernar. El desierto lo transformó antes de que él pudiera transformar al desierto.
Ojalá aprendamos eso antes de llegar.


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