miércoles, 17 de junio de 2026

Los dioses siguen enviando cosas que no pedimos


Hay una película de 1980 que empieza con una botella de Coca-Cola y termina siendo una pregunta filosófica que todavía no sabemos responder.

The Gods Must Be Crazy (por aquí, Los dioses deben estar locos) cuenta la historia de Xi, un bosquimano del Kalahari que vive en una comunidad con una lógica radical: no existe la propiedad. Todo lo que la tierra ofrece es suficiente para todos, y lo que es suficiente para todos no pertenece a nadie.

Un día, desde el cielo, cae una botella vacía de vidrio.

El objeto no tiene ningún valor intrínseco. Pero es único. Y esa unicidad es suficiente para romperlo todo. De pronto hay algo que no alcanza para todos. Y con la escasez llegan, uno tras otro, todos sus hijos: los celos, la competencia, la propiedad, el conflicto.

La tribu concluye que ese objeto no puede ser un regalo de los dioses. Tiene que ser una maldición. Y a Xi se le encargará el arrojarlo al fin del mundo.

La botella no corrompió a nadie. No llegó con instrucciones malévolas. Simplemente apareció, y resultó estructuralmente incompatible con la forma en que vivían. No por maldad. Por arquitectura.

Ahí está la pregunta clave: ¿y si muchos de nuestros problemas no vienen de la maldad humana, sino de los objetos y sistemas que introducimos sin preguntarnos qué transforman?

La película tiene cuarenta y cinco años. Y la botella podría haber sido cualquier otra cosa. El dinero. Internet. Los teléfonos inteligentes. Las redes sociales, que instalaron la lógica de la visibilidad y la comparación en espacios que antes eran privados. Cada tecnología llega con una promesa y con una transformación implícita que nadie negoció.

Lo más inquietante es esto: los bosquimanos vieron el problema. Lo identificaron, le pusieron nombre y tomaron una decisión colectiva. Tuvieron la claridad de reconocer que un objeto los estaba cambiando de formas que no querían.

Nosotros, en cambio, vivimos rodeados de botellas. Y somos tan buenos para habituarnos que la mayoría del tiempo ni siquiera las vemos. Creemos que usamos los objetos. Rara vez nos preguntamos cuánto nos han cambiado ellos a nosotros.

Xi caminó hasta el fin del mundo para arrojar una botella vacía.

Nosotros seguimos cargando las nuestras, convencidos de que las elegimos.

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