A ese mecanismo se le llama ritmo circadiano. Del latín circa diem: alrededor de un día. Ciclos de aproximadamente 24 horas que regulan el sueño, la temperatura corporal, las hormonas, el apetito, la atención, el estado de ánimo. La estructura invisible sobre la que descansa, sin que lo sepamos, casi todo lo que hacemos.
Cada mañana, la luz que entra por los ojos informa al cerebro que el día ha comenzado. Cae la melatonina, sube el estado de alerta, el organismo se prepara para la actividad. Cuando avanza la oscuridad, el proceso se invierte. El cuerpo empieza a prepararse para el descanso mucho antes de que seamos conscientes de ello. Es una conversación que ocurre sin nosotros, o mejor dicho: sin que nos pidan opinión.
La vida moderna suele ignorar esa conversación.
Trabajamos de noche, revisamos pantallas antes de dormir, fragmentamos los horarios sin culpa ni consecuencias aparentes. Y después nos sorprendemos del cansancio crónico, la dificultad para concentrarnos, esa sensación persistente de estar desfasados del mundo. Quizás no sea falta de disciplina. Quizás sea el precio de ignorar durante demasiado tiempo una biología que sigue su propio criterio.
Vista desde ahí, la rutina deja de ser una lista de obligaciones. Se convierte en una forma de cooperación. Acostarse y levantarse a horas similares, exponerse a la luz de la mañana, respetar ciertos ritmos en las comidas o el movimiento: no son consejos de productividad. Son gestos de sincronía con mecanismos que ya existen, que no esperan permiso y que funcionan mejor cuando no se los contradice constantemente.
La regularidad no elimina el caos. Pero crea una base desde la cual enfrentarlo sin empezar cada día en deuda con uno mismo.
Hay una enseñanza discreta en todo esto: no todo progreso depende de hacer más. A veces depende, simplemente, de hacer las cosas en el momento en que el cuerpo ya estaba listo para hacerlas.
El amanecer no intenta ser medianoche. El invierno no compite con el verano. Hay algo que la naturaleza maneja con una precisión que nosotros, con toda nuestra agenda y toda nuestra voluntad, raramente conseguimos imitar.
Antes de organizar una carrera, un proyecto, una vida, ya existe un reloj trabajando en silencio. No pide atención. Solo pide, de vez en cuando, que no lo ignoremos tanto.


Soy el primero que se machaca pensando que le falta fuerza de voluntad cuando no llega a todo. Al final nos autoexigimos como si fuésemos robots y se nos olvida que tenemos un cuerpo que va a su bola, queramos o no. Cambia mucho el chip ver la rutina como un descanso y no como otra obligación más de la lista. Me ha dado ganas de escribir tambien sobre ello, a ver si me pongo.
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