sábado, 20 de junio de 2026

La Luna, Marte y la vieja costumbre de poseer


En 1954, un notario chileno llamado Jenaro Gajardo Vera inscribió la Luna a su nombre en el Conservador de Bienes Raíces de Talca. Años después, un estadounidense llamado Dennis Hope encontró un vacío legal en el Tratado del Espacio Exterior y comenzó a vender parcelas lunares por correo. Entre sus compradores figuran expresidentes y actores de Hollywood.

La historia parece un chiste jurídico. Hasta que deja de serlo.

Porque lo que revela no es la excentricidad de dos hombres con demasiada imaginación. Revela algo más antiguo: nuestra tendencia casi automática a convertir lo desconocido en propiedad.

El derecho internacional actual prohíbe apropiarse de cuerpos celestes. Pero las leyes suelen llegar después de los hechos. Primero llegan los exploradores, los comerciantes, los ambiciosos. Y en ese intervalo —que puede durar décadas— se establecen realidades que después son casi imposibles de deshacer.

Durante siglos avanzamos hacia nuevos territorios convencidos de que la expansión era necesidad legítima. El problema comenzaba cuando la necesidad se transformaba en derecho. Cuando el tenemos que se volvía merecemos.

Necesitamos crecer. Por lo tanto, tenemos derecho a ocupar.

Necesitamos recursos. Por lo tanto, tenemos derecho a tomar.

Es una lógica tan antigua que ya casi no la reconocemos como lógica.

Quizás el verdadero desafío de una civilización espacial no sea técnico. Sea llegar a otros mundos sin llevar encima las mismas ideas que hemos arrastrado durante milenios. Porque la pregunta más importante no es quién será dueño de Marte. Es si hemos aprendido algo desde la última vez que encontramos una frontera.

La Luna lleva miles de millones de años sobre nuestras cabezas. Sin dueño, sin escritura, sin parcelas vendidas por correo, ha seguido iluminando a todos por igual.

Quizás eso también sea una lección.

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