Durante mucho tiempo creí que esa diferencia era artificial. Que si dos personas se gustan, el resto es detalle. El amor aparece donde aparece: en una fiesta, en un tren, detrás de un escritorio.
Pero con el tiempo empecé a sospechar que no todos los espacios están hechos para lo mismo.
El trabajo es uno de los pocos ámbitos donde, al menos en teoría, uno debería ser valorado por lo que hace. Por el criterio, la responsabilidad, el desempeño. No por el encanto. No por a quién se conoce ni a quién se quiere.
Y quizás por eso mezclar ambas cosas tiene un costo.
Porque cuando el afecto entra en escena, la mirada cambia. Ya no vemos a una persona solo como colega. Aparecen preferencias, expectativas, complicidades, heridas. Todo aquello que hace valiosas las relaciones humanas, pero que vuelve más difícil la imparcialidad.
El problema no es cuando una historia comienza.
El problema es que casi todas las historias terminan — o se transforman en algo que no elegimos.
Y cuando eso ocurre, el trabajo permanece. Siguen las reuniones, los turnos, los pasillos compartidos. Lo que fue una elección sentimental se convierte en convivencia obligatoria.
Yo conocí a mi pareja en el trabajo. Llevamos quince años juntos. Cuento esto no como excepción que invalida lo anterior, sino como prueba de que las contradicciones también forman parte de la vida.
Quizás por eso conviene proteger ciertos espacios.
No porque el amor sea peligroso.
Sino porque es demasiado importante para encerrarlo dentro de un lugar del que no podemos irnos cuando deja de funcionar.


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