martes, 30 de junio de 2026

Conversaciones


Hay una pregunta que delata a nuestra época: ¿Y para qué sirve conversar? 

Como si toda palabra necesitara justificar su existencia con un beneficio. Como si un diálogo debiera producir algo: dinero, una solución, una conclusión que quede guardada en alguna parte.

Quizás por eso discutimos cada vez más y conversamos cada vez menos. La diferencia no es de intensidad sino de intención. El que discute quiere ganar. El que conversa acepta la posibilidad de perder algo de lo que creía saber.

Conversar exige tiempo, sí. Pero sobre todo exige renunciar al deseo de vencer. Escuchar de verdad, no mientras uno arma mentalmente la respuesta. Hablar sin la urgencia de tener razón. Tolerar el silencio sin llenarlo de nada.

Una conversación no es un debate ni un intercambio de datos. Es algo más raro y más frágil: un momento en que dos conciencias se detienen juntas frente a algo que ninguna de las dos entiende del todo.

Cuando eso ocurre, el tiempo no se pierde. Se entrega.

Y tal vez sea esa la forma más silenciosa de generosidad: regalarle a alguien unos minutos de la propia vida sin esperar nada a cambio. Sin que quede registro. Sin que nadie lo vea.

Las mejores conversaciones terminan como los buenos libros: sin resolverlo todo, dejando esa inquietud vaga de que ya uno no es exactamente la misma persona que empezó a hablar. No hay manera de saber qué cambió. Solo se nota que algo se movió.

Y eso, en este tiempo en que todo debe medirse, es bastante.


P. D.  Para quien solo escribe para que otros lean. Me encantaría una conversación con Ustedes, no sé, piénselo... 

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