Lo más trágico para sus habitantes, es que Nagasaki no era el objetivo original. El blanco inicial era la ciudad de Kokura, pero las nubes y el humo dificultaron la visibilidad. Una decisión tomada en minutos cambió el destino de cientos de miles de personas. La historia de una ciudad quedó escrita por el clima del 9 agosto de 1945, una bomba de plutonio cayó sobre una ciudad llena de gente haciendo cosas ordinarias: madres preparando el almuerzo, niños jugando sin saber que esa mañana no iba a terminar como todas las demás, ancianos que habían sobrevivido años de guerra para toparse, en un segundo, con una muerte imposible de imaginar.
Ese es el rasgo más perturbador de las armas de destrucción masiva: no eligen. No hay puntería moral, solo un radio de alcance. El soldado y el recién nacido caen bajo la misma indiferencia, y la dignidad humana se reduce, de un plumazo, a una cifra.
Se ha dicho que esas bombas aceleraron el fin de la guerra, que evitaron una invasión que habría costado más vidas todavía. Es un debate legítimo que probablemente nunca cierre del todo. Pero incluso concediendo esa hipótesis, queda una pregunta indignante: ¿puede una civilización llamarse defensora de lo humano mientras conserva la aniquilación indiscriminada como herramienta aceptable?
Nagasaki obliga a mirar esa grieta de frente. La técnica llegó a un punto casi divino de capacidad destructiva, mientras la ética se quedó varios pasos atrás. Hemos perfeccionado infinitamente más la forma de matarnos que el arte, mucho más difícil, de convivir.
Por eso recordar Nagasaki no es reabrir heridas viejas, sino impedir que la costumbre anestesie lo que debería seguir doliendo. El peligro real empieza cuando dejamos de estremecernos ante la idea de que una ciudad pueda desaparecer con solo apretar un botón. Mientras existan armas cuyo único propósito sea exterminar poblaciones enteras, la civilización sigue parada sobre un suelo mucho más frágil de lo que le gusta creer.


Es muy cierto, se quedó en la memoria histórica solo Hiroshima, como si solo existiera el primer golpe y los demás ya no.
ResponderEliminarCuánta tristeza saber que pueden destruir el mundo entero con solo apretar un botón. La fragilidad en que nos mantienen con miedo permanentemente una partida sinvergüenzas que deberían estar en prisión.
Un abrazo.
Y vamos a peor.
ResponderEliminarCada vez armas más mortíferas.
Ahora ya no hay que enviar soldados, ni pilotos, ni marinos... ahora desde un búnker lejanísimo alguien aprieta un botón y destruye lo que le apetezca.
Hiroshima, Nagasaki... fueron dos gruñidos del demonio.
Solomarcos, qué reflexión tan necesaria. Esa asimetría de la memoria, que recuerda Hiroshima y deja a Nagasaki casi como una posdata, duele más cuando uno piensa en lo que ocurrió aquel 9 de agosto: una ciudad llena de vidas ordinarias que, en un instante, quedaron reducidas a cifras.
ResponderEliminarTu texto obliga a mirar de frente esa grieta entre la técnica capaz de destruirlo todo y una ética que siempre llega tarde. Recordar Nagasaki es impedir que la costumbre nos anestesie.
Un fuerte abrazo.