Indiferente animal, las órdenes no le hacen mella. Una medida de su vitalidad es el brillo malicioso de su mirada cuando voltea la cabeza y me mira — apenas un segundo, lo justo para que sepa que me ha visto. Algo le impide someterse a mi voluntad, algo difícil de nombrar, como si la suya y la mía hubieran pactado ignorarse y sin embargo obstinadamente siguiéramos juntos. Inquina, resentimiento, desconfianza se entrelazan y remueven el aire que compartimos. Sé que su energía me es necesaria y nadie me lo ha dicho, pero es fácil adivinar el porqué. Ese odio amoroso es el que me nutre y a la vez me libera. Indiferente, abro el libro donde lo dejé la última vez y finjo no notarlo.


Jajaja... así son esas criaturas, llenas de misterio y amor. Aman, si, a su manera. Siempre llevando esa mirada de "yo no fui". Un abrazo, solomarcos.
ResponderEliminarHan vivido muchas vidas.
ResponderEliminarYa han visto de todo.
Intuyo que los humanos les parecen seres por evolucionar.
Son hermosos, hermosísimos, y a veces no son tan indiferentes, pero su independencia no la negocian
ResponderEliminarSolomarcos, qué bien contado ese vínculo: esa mezcla de inquina y afecto que solo un gato puede sostener .
ResponderEliminarEse “odio amoroso” que nutre y libera está descrito con una precisión deliciosa.
Un fuerte abrazo.