Las cosas siguen igual. Ya lo dije en otro post, y que tenga que repetirlo es, bien mirado, la prueba. Los días se han puesto en fila, uno pisándole los talones al anterior, y uno termina preguntándose si tan difícil es parir una jornada que no sea fotocopia de la de ayer. «Andan días iguales persiguiéndose», repetiría Neruda, y no creo que fuera una queja: era un diagnóstico.
Aclaro que no van mal. Van igual, que no es lo mismo, aunque a veces cueste distinguirlo. Lo que me inquieta es otra cosa: que un día llueva pegamento y nos quedemos todos ahí, pegados al suelo, como estatuas de una plaza que nadie visita. Ojalá no sea cianoacrilato, porque eso ya sería meterse en un problema serio.
Y lo cierto es que llevo un tiempo recibiendo el chaparrón. Cada mañana, un poco más. Estar pegoteado todo el día tampoco sería lo peor del mundo, tiene su lado de pereza lúcida, pero lo de no poder despegar los pies para dar un paso adelante ya es otro cantar.
Malditas borrascas inmovilizantes. Malditos paraguas agujereados de marca Acme, que prometen resguardo y entregan goteras. Porque una cosa es que la vida no avance, y eso uno lo va asumiendo con los años, y otra muy distinta que encima te cobren por el pegamento.

