El error de eliminar la obligatoriedad de Historia, Geografía y Ciencias Sociales en 3° y 4° Medio no fue solo un ajuste curricular. Fue una decisión política sobre qué memorias son prescindibles y qué ciudadanos queremos formar.
La historia no es un inventario de fechas. Es el marco que nos permite descifrar el presente: las raíces de los conflictos, las causas de la desigualdad. Sin ella, el ahora es solo ruido caótico. Al volverla optativa, se apuesta a formar técnicamente competentes, pero críticamente desarmados: personas que saben operar dentro del sistema, pero no cuestionar por qué existe ni a quién sirve.
Pero la pérdida es más profunda: es patrimonial. El relato común deja de ser un bien público para convertirse en un lujo cultural, accesible según el capital familiar o el interés personal. El resultado es una fractura silenciosa: una ciudadanía donde unos recuerdan y otros solo improvisan, desigualmente conectada con su pasado.
Sin historia, el tiempo se aplana. Sin geografía, el territorio se vuelve abstracto. La educación pierde profundidad y, con ella, la capacidad de proyectar un futuro con sentido. Una sociedad que no comprende su pasado no es más libre: es más manipulable, incapaz de distinguir el progreso de la repetición.
No se borra el pasado, pero se debilita nuestro vínculo con él. Y cuando ese puente se quiebra, lo que se pierde no es solo conocimiento: es la orientación para construir un mañana consciente.


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