martes, 8 de septiembre de 2026

El último dolor (y todos los anteriores)


Hay una frase de Neruda que vuelve cada cierto tiempo, casi siempre en las noches en que uno no la está buscando: "aunque este sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo". La leí de adolescente, con esa solemnidad que uno le pone a todo a esa edad. La releo ahora y ya no me parece solemne. Me parece cansada. La frase de alguien que ya no tiene fuerzas para el dolor completo, y por eso negocia con él: que sea el último, aunque sepa que no lo será.

Porque uno no anuncia el final de un dolor cuando está convencido. Lo anuncia cuando ya no puede más y necesita, aunque sea por esta noche, creer que mañana va a doler menos. Los duelos no preguntan si estamos listos para que terminen. Se quedan el tiempo que quieren, en los rincones que eligen: una calle, una canción que suena de repente en la radio de la camioneta que conduzco, el silencio raro de una pieza después de las nueve de la noche.

He escrito frases parecidas alguna vez. "Este es el último verso" me dije, y no era mentira exactamente, era más bien un ruego. Un intento de ponerle un borde a algo que no tiene bordes, que se sigue derramando por las esquinas de los días aunque uno haya decidido, con toda la voluntad disponible, que ya terminó.

Y sin embargo —esto es lo que me sigue doliendo entender— algo de esa ficción funciona. No cierra el dolor, pero lo hace más liviano de cargar. Uno escribe la despedida sabiendo que probablemente escribirá otra, y aun así la escribe, porque es la única forma que tenemos de seguir de pie: fingir que esta vez sí es la última, mientras algo adentro, repite bajito, ya sabes que no.

Quizás no existen los últimos versos. Existen, eso sí, las ganas de que existan. Y esa gana, aunque no alcance para cerrar nada, a veces es suficiente para seguir escribiendo.

5 comentarios:

  1. Solomarcos, qué hondura tiene esta relectura tuya de la frase de Neruda, que ya no suena solemne sino cansada, como si quien la escribe estuviera negociando con el dolor para que, al menos por esta noche, pare un poco . Esa idea de que uno anuncia el final del dolor no cuando está convencido, sino cuando ya no puede más y necesita creer que mañana dolerá menos, está dicha con una verdad que toca de lleno la experiencia de cualquier duelo . Y es muy hermosa la forma en que describes esos rincones donde el dolor decide quedarse: una calle, una canción inesperada, el silencio raro de una pieza después de las nueve de la noche . También conmueve ese gesto de escribir “este es el último verso” como un ruego, un intento de ponerle borde a algo que no lo tiene y que sigue derramándose por los días aunque uno haya decidido que ya terminó . Y qué certera es tu conclusión: quizá no existan los últimos versos, pero sí las ganas de que existan, y a veces esa sola gana basta para seguir escribiendo, incluso cuando algo dentro repite bajito “ya sabes que no” .
    Un fuerte abrazo, amigo.

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  2. Uno puede despedirse muchas veces de lo mismo, porque el dolor no entiende de decisiones ni de puntos finales. Quizá esos versos no sean nunca los últimos, pero mientras los escribes, por lo menos descansas un rato de lo que llevas encima.

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  3. Sometimes we don't feel like writing, days like that happen to me too, and then I write again :))
    I see that Friday will be a crescent or a new moon... maybe that also affects us... I know for myself that I'm sensitive and every wrong move shows :))
    Wishing you a nice Wednesday, hugs, Andreja!

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  4. He leído "Confieso que he vivido", varias veces, y me gusta más el Neruda que narra que el poeta.
    Sé que es un sacrilegio decir esto pero es lo que me pasa... no me gusta mucho el Neruda poeta.
    Después he ido sabiendo más cosas sobre él... y no todas buenas.
    Una que me llamó la atención, juro que la leí, en una biografía hablando de Vargas Llosa y García Márquez es que Neruda necesitaba siempre una mujer para dormir la siesta a su lado, no en plan sexual, sino simplemente para poder dormir...
    Cuando García Márquez y su familia vivían en Barcelona, Neruda los visitó y después de comer la mujer de García Márquez tuvo que dormir al lado de Neruda para que este pudiera hacer la siesta.
    Sé que parece broma pero no lo es...

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  5. Sigue escribiendo, tienes una nueva lectora: yo, yo te apoyaré cuando alguna vez te quedes atascado :))
    Abrazo y beso, Andreja!

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