Hay una manera cómoda de recordar la Tragedia de Antuco: como un caso judicial. Responsables identificados, condenas dictadas, caso cerrado. La sociedad procesó el duelo y siguió adelante.
Pero esa versión deja fuera la pregunta más incisiva. No quién falló, sino por qué fallamos siempre de maneras tan parecidas.
Muchas de las víctimas de Antuco venían de contextos con pocas opciones. El servicio militar no era una vocación; era una oportunidad concreta en un mapa estrecho. Jóvenes con equipamiento insuficiente para las condiciones reales, en una marcha que continuó cuando había razones de sobra para detenerla. No murieron por mala suerte. Murieron en una convergencia de negligencias que nadie detuvo.
Eso es lo primero que hay que sostener, antes de cualquier análisis.
Porque la pregunta no es retórica. Es literal. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los ponemos en una placa? ¿Los nombramos en mayo? ¿Los usamos para hablar de responsabilidad institucional y después seguimos igual?
La respuesta, hasta ahora, ha sido bastante predecible. Personalizamos el error — encontramos responsables, los condenamos, y el sistema que produjo las condiciones queda más o menos intacto. Ritualizamos el recuerdo — actos, discursos, memoria simbólica que no es lo mismo que memoria operativa. Y normalizamos de nuevo — con el tiempo, lo excepcional vuelve a parecer improbable, y las prácticas riesgosas regresan en silencio, sin que nadie declare que regresaron.
Es un patrón documentado. La distancia temporal erosiona la urgencia. Siempre.
Y cuando una tragedia golpea a quienes tienen menos poder estructural, el impulso reformador tiende a ser más corto y más débil. No es accidente. Es una asimetría persistente en cómo las sociedades distribuyen el costo humano según quién lo paga.
Antuco no fue una falla táctica en condiciones extremas. Fue la expresión de algo que aparece con distintos nombres en empresas, servicios públicos, minería, salud: obediencia que no sabe detenerse, riesgo subestimado, precariedad tolerada como normalidad. El mecanismo es el mismo. Cambia el uniforme.
Lagos habló de "ser mejores ciudadanos". Honesto, pero abstracto. La mejora no ocurre por declaración. Ocurre cuando se rediseñan los protocolos, los incentivos, la cultura que determina si alguien puede decir esto no está bien sin que le cueste el rango. Sin eso, la memoria es homenaje. No transformación.
Si el aprendizaje hubiera sido real, veríamos instituciones más capaces de detenerse a tiempo. Una intolerancia genuina — no declarada — a lo evitable. Si eso no es visible, la conclusión es simple: recordamos a los muertos. Pero no hemos aprendido de ellos.
Y mientras no distingamos entre las dos cosas, el riesgo no desaparece. Solo espera condiciones.


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