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martes, 28 de julio de 2026

La nueva cultura

 


Vivimos, al parecer, bajo un nuevo canon de sabiduría. Ya no se trata de conocer la historia, la filosofía o los grandes textos de la literatura: la verdadera cultura, la que hoy da prestigio, consiste en recitar sin titubear la genealogía completa de Game of Thrones, enumerar de memoria reyes y reinos de la Tierra Media, o debatir con la gravedad de un concilio teológico si el Halcón Milenario le ganaría una carrera al Enterprise. Y por supuesto, está el examen final, el más serio de todos: quién ganaría, Voldemort o Geralt de Rivia.

Pero el geek no reina solo en este nuevo templo del saber. A su lado se sienta el experto en farándula, ese ser capaz de reconstruir con precisión forense el prontuario amoroso de media Hollywood —quién engañó a quién, quién se separó de quién y con quién anda revolcándose ahora—, pero que no sabría decir el nombre de su propio vecino ni bajo tortura. Sabe más de la vida de un desconocido con contrato de management que de la suya propia, y lo exhibe con el mismo orgullo idiota con que otro presumiría un doctorado.

Mientras tanto, quien de verdad sabe de historia, filosofía o ciencia sigue cargando con la misma condena de siempre: "no entendió la referencia", dicho con la lástima de quien mira a un discapacitado cultural.

Tiene su gracia el concepto moderno de cultura. No importa cuánto sepas ni cuánto hayas leído: siempre habrá un rebaño dispuesto a medir tu valor por el único tema que domina, ya sea la Tierra Media o el drama de un actor que ni siquiera sabe que ellos existen.

Porque la cultura geek —y su prima hermana, igual de rasca, la cultura del chisme— dejaron de ser una afición inofensiva y se convirtieron en examen de admisión: un filtro para decidir quién merece sentarse en la mesa de los "verdaderos intelectuales" de turno. Y reprobarlo, por supuesto, es un pecado que jamás se perdona.

sábado, 27 de junio de 2026

Propósitos

Si uno observa con atención los viejos dibujos animados, descubre algo extraño: el Coyote nunca está realmente intentando atrapar al Correcaminos. Eso es lo que cree, pero no es lo que hace.

Si de verdad quisiera atraparlo, habría abandonado hace años. Después de miles de fracasos, cualquier criatura razonable habría buscado otro alimento. Sin embargo, cada mañana vuelve a levantarse, revisa un nuevo catálogo de inventos imposibles y sale otra vez al desierto.

El Correcaminos no es su presa. Es su propósito.

Y ahí está el problema.

Porque hay una diferencia enorme entre vivir hacia algo y vivir contra algo. El primero elige. El segundo depende. El primero podría, en teoría, prescindir de lo que persigue. El segundo, no. Sin su enemigo, sin su obsesión, sin esa carga que lo define, no sabe muy bien qué es.

Muchos de nosotros somos el Coyote. Construimos la identidad alrededor de una herida, un rival, una injusticia que no olvidamos, una deuda que no termina de saldarse. Nos quejamos de ello. Queremos librarnos de ello. Pero si fuéramos honestos, reconoceríamos que esa carga organiza nuestra existencia. Que sin ella no sabríamos por dónde empezar el día.

El ser humano necesita dirección más que comodidad. Eso no es un defecto, es una condición. El problema es cuando confundimos la adversidad con el propósito. Cuando el "Beep Beep" en el horizonte deja de ser un estímulo y se convierte en una cadena.

Aristóteles diría que vivimos para ejercer lo que somos, no para reaccionar a lo que nos hicieron. Sartre añadiría que la mala fe consiste precisamente en eso: en fingir que no elegimos cuando en realidad llevamos años eligiendo lo mismo.

El Coyote nunca atrapará al Correcaminos. Y en el fondo, no quiere hacerlo.

La pregunta es si nosotros queremos seguir siendo el Coyote. El Coyote nunca entendió esa diferencia. Nosotros todavía estamos a tiempo.