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sábado, 15 de agosto de 2026

Infinitivo traicionero


"Advertir además que, en este caso..." Fue un error, sí, pero no me habría detenido a pensarlo si alguien no me lo hubiera señalado con la RAE en mano. Ese gesto —la corrección exacta, la norma citada como quien exhibe una credencial— es lo que obliga a este post. Escribí, con el apuro de quien teclea más rápido de lo que piensa: "Advertir además que, en este caso...". Y ahí quedó la frase, coja, sin sujeto ni verbo conjugado, aunque con una forma verbal asomando entre las palabras como si eso bastara. No bastaba. Un infinitivo suelto no hace oración. En vano me expliqué a mí mismo que la frase pensada llevaba un introductor invisible —quiero advertir, debo advertir—, forma legítima donde el infinitivo cumple función de complemento directo. Lo que hubo fue una elipsis indebida, hija del apuro, y el apuro no absuelve al solecismo.

Lo curioso fue adónde me llevó, después, preguntarme qué había querido decir en realidad. Lo usual, en construcciones como esa, es que el hablante busque el imperativo plural: Advertid. Y ahí aparece algo que a los chilenos nos delata con cariño: abominamos las consonantes finales sordas. Decimos reló, coñá, interné. En la escritura, donde el oído ya no vigila, terminamos confundiendo el final de advertir con el de advertid —dos consonantes de funciones distintas que en la boca del norte grande suenan igual de apagadas. El error, a veces, es solo la fonética delatando por escrito lo que la lengua ya hacía en secreto.

Pero divago, porque en el fondo quería defender el infinitivo mismo: esa forma que no es tiempo ni persona, apenas el gesto puro del verbo antes de comprometerse con un sujeto. No creo que suplante al imperativo en manuales e instrucciones; no es una orden disfrazada. "Doblar el papel por el medio" no manda nada, muestra el significado desnudo del verbo, anterior a cualquier mandato.

Ahí está su ventaja: la impersonalidad. Sin dueño, sin fecha. Al describir estados comunes de la existencia adquiere algo universal que el imperativo, siempre dirigido a un tú, no alcanza. Por eso las sentencias sobre las grandezas y miserias del hombre prefieren el infinitivo: no le hablan a nadie en particular, le hablan a la especie. Y hay algo más: usado como licencia poética, al modo de las instrucciones, produce a menudo una frialdad instructiva que, aplicada a lo que no son instrucciones —el amor, la muerte, el desierto—, genera un contraste extraño y eficaz. "Partir. Volver nunca." Esas cosas.

Así que ahí quedó mi frase coja, corregida con la RAE en mano. Pero de tanto darle vueltas al error terminé encontrando una teoría entera sobre por qué el infinitivo sigue pareciéndome la forma más honesta del verbo: la única que no miente sobre quién habla, porque no promete hablarle a nadie.

viernes, 19 de diciembre de 2025

La aniquilacion de la ortografía

 




¿Estamos ante el fin del castellano tal como lo conocemos? Probablemente no. El idioma es un organismo vivo que muta, se adapta y sobrevive. Pero, mientras tanto, no puedo evitar sentir un pequeño escalofrío cada vez que leo un "k hase" en un entorno profesional.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que las tildes no eran adornos opcionales y las "haches" no eran mudas por decreto de la pereza. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante un escenario digno de un thriller postapocalíptico: la aniquilación total de la ortografía.

Lo intentó Hervé Bazin en su ensayo de 1966, ¡Adelante, los signos de puntuación!, él sentía que el alfabeto era "emocionalmente pobre" y diseñó toda una familia de signos experimentales para matizar la voz escrita. Aunque el lenguaje moderno permite romper reglas, en la literatura se suele preferir el ritmo de las palabras sobre los signos nuevos.

Pero, ¿cómo sobrevivir en un mundo donde los puntos de suspensivos gobiernan y los emojins son el nuevo alfabeto? Es que, ¿nos estamos perdiendo algo esencial o simplemente no estamos quedando atrás y no nos adaptamos a esta nueva forma de comunicar?

El lengüaje siempre ha sido el campo de batalla entre puristas y revolucionarios y hoy las trincheras son facebbok, tweets, memes y whattapp.

Pero ojo, cuando las reglas básicas se difuminan tambien lo hace la precisión, porque seamos honestos, ¿firmaríamos un contrato escrito con emojins? ¿Entenderíamos igual a Neruda sin puntos y comas?

Tal vez la próxima gran revolución no sea tecnológica, sino gramatical: el exótico arte de poner los puntos y las comas donde realmente corresponden.

Comenten sin miedo (los puntos suspensivos, los emojins y las "k" están permitidas... por esta vez)