martes, 21 de abril de 2026

El verdadero maltrato fue el de los que siguieron caminando



En Chillán, a plena luz del día, un niño de ocho años estaba en el suelo frente a un local comercial. Sangraba de la nariz. Lloraba. Y decenas de personas pasaron a su lado como si fuera parte del paisaje.

Una sola persona se detuvo.

Una.

El golpe lo había dado su propia madre. Eso duele distinto, lo sé. Pero lo que me paraliza no es solo la violencia de esa mujer, sino la de todos los demás. La violencia tranquila de los que siguieron caminando, los que priorizaron sus compras, los que miraron y calcularon que no era su problema.

Pienso en cuántas veces he visto compartir publicaciones furiosas por un perro maltratado. Miles de reacciones, comentarios encendidos, gente indignada hasta las lágrimas. Y no digo que eso esté mal, el sufrimiento de un animal importa. Lo digo porque el contraste dice algo que deberíamos tener el valor de leer: nos resulta más fácil conmovernos por quien no puede juzgarnos, por quien no viene envuelto en historia ni en contexto incómodo.

El perro no nos complica. El niño sí.

El niño puede venir de una familia difícil, de una madre que también fue golpeada, de un barrio que el Estado olvidó hace décadas. El niño exige preguntas que no tienen respuesta fácil ni botón de compartir. Y entonces, sin darnos cuenta, lo dejamos en el suelo.

Hubo una persona que se detuvo en Chillán. Una persona que tuvo la decencia básica de ver a ese niño como un ser humano que necesitaba ayuda. Eso no debería ser un acto de heroísmo. Debería ser el mínimo.

Pero hoy, aparentemente, el mínimo es demasiado pedir. Me recuerda una frace demoledora: "si los animales pudieran hablar, gritarían que no quieren ser humanos" 

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