Chile no es el mejor país del mundo. Eso es lo que pasa.
No hay nada en lo que seamos los mejores.
Somos los más desiguales de la OCDE. Tenemos un sistema de salud que, si tienes plata, funciona, y si no, esperas. Nuestros estudiantes terminan doce años de colegio sin entender bien lo que leen. Nuestros viejos jubilan con pensiones que no alcanzan para vivir con dignidad. Y la mayoría de las familias chilenas llega a fin de mes gracias al crédito, no al sueldo.
Pero eso no es lo que más duele.
Lo que más duele es el relato. El oasis. El jaguar. El país más estable, más serio, más desarrollado de la región. Ese cuento que nos contamos con una convicción que, a estas alturas, ya no es orgullo: es fuga.
Hubo un tiempo en que acá se construyó algo. Universidades públicas que abrieron la educación a los que no tenían apellido. Sistemas de salud pensados para el que no podía pagar. Políticas que, con todos sus defectos, miraban hacia adelante y hacia abajo, no solo hacia arriba.
Eso no desapareció de golpe. Lo fuimos soltando de a poco, convencidos de que modernizarse era privatizar, que crecer era consumir, que el éxito individual bastaba como proyecto colectivo.
Y aquí estamos. Con el discurso del primer mundo y las urgencias del tercero. Sintiéndonos excepcionales por inercia, no por mérito. Defendiendo un modelo como si cuestionarlo fuera ingratitud, y confundiendo estabilidad con justicia.
El problema no es que seamos un mal país.
El problema es que nos cuesta tanto admitir en qué fallamos, que ya no sabemos bien qué arreglar.N


Cierto, pero no es solamente en Chile. Lo mismo sucede en todas partes, unas más que otras. Es el globalismo que arrastra todo lo que encuentra a su paso. Un abrazo
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