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sábado, 29 de agosto de 2026

Bibliotecas callejeras y la paciencia



Las he visto en parques, plazoletas, al borde del camino: pequeñas, de madera, algunas pintadas con colores que el sol ya empieza a borrar. Dentro hay libros. Nadie parece estar pendiente de ellos.

Las llamamos bibliotecas callejeras, pero a veces se parecen más a animitas.

Las animitas recuerdan a alguien que ya no está. Estas cajas, en cambio, parecen recordar algo que sigue aquí pero cada vez menos: el encuentro casual con un libro. Nadie sabe cuál va a encontrar. No hay algoritmo que lo elija por nosotros, ni pantalla que nos asegure que nos va a gustar. Simplemente está. Esperando.

Guillermo Blanco escribió que el papel es más paciente que los hombres. No hay mejor descripción para esos libros a la intemperie. El papel no reclama atención. Puede esperar meses, años, a que una mano lo tome.

Y ahí aparece Benedetti: mientras haya tiempo, algo puede suceder. Hasta un libro que llevamos años ignorando encuentra, de pronto, su momento.

Por eso me da cierta tristeza ver esas bibliotecas vacías: no porque nadie las visite, sino porque son islas de paciencia en medio de una época que aprendió a vivir con prisa.

Pero también hay algo de esperanza. Un libro no sabe de estadísticas ni de tendencias, no sabe si leemos menos o si miramos demasiado una pantalla. Solo espera. No persigue, no convence, no interrumpe. Está.

Como una animita al borde del camino. Solo que adentro, en vez de una vela, hay un libro.

Y mientras alguien tenga tiempo de detenerse, abrirlo y pasar la primera página, algo todavía puede ocurrir.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Odio amoroso

 


Indiferente animal, las órdenes no le hacen mella. Una medida de su vitalidad es el brillo malicioso de su mirada cuando voltea la cabeza y me mira — apenas un segundo, lo justo para que sepa que me ha visto. Algo le impide someterse a mi voluntad, algo difícil de nombrar, como si la suya y la mía hubieran pactado ignorarse y sin embargo obstinadamente siguiéramos juntos. Inquina, resentimiento, desconfianza se entrelazan y remueven el aire que compartimos. Sé que su energía me es necesaria y nadie me lo ha dicho, pero es fácil adivinar el porqué. Ese odio amoroso es el que me nutre y a la vez me libera. Indiferente, abro el libro donde lo dejé la última vez y finjo no notarlo.

lunes, 4 de mayo de 2026

Santiago en 100 Palabras


Decir mucho en poco no es limitarse, es afinar.

“Santiago en 100 Palabras” no premia al que grita más fuerte, sino al que sabe elegir qué decir… y qué callar.

Cien palabras no son pocas: son un filtro.

Obligan a mirar la ciudad sin relleno, a capturar un gesto, un ruido, una grieta.

No se trata de ganar.

Se trata de descubrir que, a veces, una idea bien dicha cabe completa en un puñado de líneas.

El plazo del concurso ha terminado, ya enviaste tu texto?  

jueves, 23 de abril de 2026

Dia del libro



Abril tiene algo distinto. No es solo el otoño ni el cambio de ritmo: es ese recordatorio cultural —casi siempre vacío de tanto repetirse— de que existe el Mes del Libro. Y sin embargo, sigue teniendo una potencia silenciosa. Nos obliga a volver a lo esencial.

Por eso este mes decidí escribir sobre libros. No fue una decisión estética. Fue una reacción.

Leer hoy no es lo mismo que leer hace veinte años. La lectura ha sido fragmentada, convertida en consumo rápido o en acumulación de títulos pendientes. Se habla mucho de libros, pero se los habita poco. Se los colecciona, se los fotografía, se los recomienda. Raramente se los piensa.

Escribir sobre ellos, entonces, no es recomendarlos. Es interrogarlos.

¿Qué dicen realmente? ¿Qué muestran que preferimos no ver? Volver a ciertos textos no es nostalgia; es diagnóstico. La literatura no predice el futuro, pero expone estructuras que rara vez cambian. Y eso, en un momento donde todo empuja a opinar rápido y pensar poco, tiene un valor que no siempre sabemos reconocer.

El Mes del Libro debería ser incómodo. Debería obligarnos a admitir que leemos menos de lo que creemos, peor de lo que decimos, y con menos profundidad de la que necesitamos.

Este blog, durante abril, va en esa dirección. No es una celebración del libro. Es un intento de volver a usarlo —como herramienta, no como adorno.

Feliz dia del libro!!! 

miércoles, 22 de abril de 2026

La Historia Interminable, el libro que sabe que lo estás leyendo


 Hay libros que uno lee y hay libros que lo leen a uno. La Historia Interminable, de Michael Ende, pertenece a esa segunda categoría: desde sus primeras páginas instala una incomodidad productiva, la sensación de que el texto está mirando de vuelta. No es casualidad. Ende construyó esa sensación con deliberada precisión, y en ella depositó todo lo que quería decir sobre la fantasía, la lectura y el modo en que los seres humanos nos relacionamos con las historias que inventamos.

La novela cuenta, en apariencia, dos historias paralelas. En una, Atreyu, un joven guerrero de Fantasía, debe encontrar la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil, un mal sin nombre que avanza junto a la Nada, esa oscuridad que borra los mundos a su paso. En la otra, Bastian Baltasar Bux, un niño gordo, huérfano de madre y acosado en la escuela, roba un libro de una librería y se refugia a leerlo en el desván del colegio. Las dos historias son, por supuesto, la misma.

Ende publicó esta novela en 1979, en dos tintas —rojo para el mundo de Bastian, verde para el mundo de Fantasía—, como señalando desde la materialidad del objeto que leer es siempre habitar dos lugares al mismo tiempo. Ese detalle editorial, que muchas ediciones en castellano han perdido, no era decorativo. Era argumento. La tinta era parte de la tesis.


La tesis es esta: la fantasía no es evasión. Es, al contrario, la única forma de regresar al mundo real con algo nuevo que ofrecer. Cuando Bastian ingresa a Fantasía y la reconstituye con sus deseos —nombrando a la Emperatriz, creando montañas y mares a voluntad—, Ende no está celebrando el escapismo. Está describiendo el proceso creativo en su forma más pura: la imaginación como herramienta de transformación personal. El problema de Bastian no es que fantasee demasiado, sino que en algún momento olvida para qué servía la fantasía.

Aquí Ende toca algo que tiene una vigencia irritante. La Nada que devora Fantasía no es una fuerza maligna con rostro ni con nombre: es la indiferencia, la sequía interior de quienes han dejado de imaginar porque el mundo les ha enseñado que imaginar no sirve. Los únicos que pueden detenerla son los lectores —los seres humanos— que todavía se permiten ser afectados por las historias. Bastian puede salvar Fantasía precisamente porque todavía es capaz de desear con toda el alma.

Vivimos en un tiempo que produce Nada industrialmente. La saturación de imágenes, el consumo veloz, la cultura del contenido que se ve sin mirarse han generado una forma muy sofisticada de indiferencia: no la de quien no tiene acceso a las historias, sino la de quien tiene acceso a todas y no deja que ninguna lo toque de verdad. Ende no pudo haber imaginado TikTok, pero describió con exactitud su efecto.

Hay otra dimensión del libro que merece detenerse: la trampa del deseo sin límite. Bastian obtiene en Fantasía un poder absoluto —puede desear cualquier cosa y sucede—, pero cada deseo le cuesta un recuerdo. Pierde, poco a poco, la memoria de quién era, de dónde venía, de su madre muerta, de su padre vivo. El niño que entró al libro buscando ser amado tal como era termina a punto de olvidar que hay alguien a quien amar de vuelta.

Ende escribió esto en pleno capitalismo tardío y la advertencia no podría ser más directa. La sociedad de consumo le ofrece a cada individuo la ilusión de un deseo satisfecho al instante, y el precio —aunque nadie lo pone en letras chinas— es la memoria: la de la comunidad, la de la historia compartida, la del vínculo que no se compra. Bastian no es un niño malo. Es un niño que encontró una llave que no sabía cómo usar.

Lo que lo salva, al final, no es la magia. Es el amor. Su padre, que tampoco supo llorar la muerte de la madre, que también se quedó petrificado en su propio dolor, extiende la mano en el momento justo. Ende es, en ese gesto final, sorprendentemente sencillo: lo que nos devuelve al mundo real no es la grandeza de nuestra imaginación, sino la capacidad de querer y de dejarnos querer.

No he vuelto a leer el libro desde hace mucho tiempo. De niño era una aventura. Ahora es una pregunta incómoda: ¿qué le hemos hecho a nuestra capacidad de desear? ¿Cuántos de nosotros hemos gastado deseos en poder, en reconocimiento, en velocidad, y hemos olvidado en el camino el nombre de las cosas que de verdad importaban?

Fantasía sigue necesitando lectores. No consumidores de fantasía —de esos hay millones—, sino gente dispuesta a dejar que una historia los mueva, los cambie, les deje marca. Bastian robó un libro y lo leyó solo en un desván. Eso también es una imagen: a veces la única forma de entrar de verdad a una historia es sustrayéndola al ruido, llevándosela a un lugar quieto , y abriéndola sin prisa.

martes, 21 de abril de 2026

El nombre del monstruo



Hay una escena en La tempestad una de las últimas obras de Shakespeare (1611), que no me suelta. No es el naufragio ni la magia de Próspero. Es el momento en que Calibán le recuerda al mago que le enseñó el idioma con el que ahora lo maldice. "Me enseñaste tu lengua, y mi único provecho es que sé cómo maldecirte." Hay en esa frase una amargura tan lúcida que es difícil seguir leyendo sin detenerse.

Calibán no es un monstruo que llegó de otro mundo. Es el habitante de la isla al que se le robó la isla. Y fue hecho monstruo precisamente para que ese robo pareciera natural.

El mecanismo es uno de los más persistentes de la historia: para justificar la exclusión, primero hay que construir al excluido como algo que merece serlo. Próspero lo llama "cosa de oscuridad". Pero cuando uno lee con cuidado, esa descripción viene exclusivamente de boca de sus captores. Calibán habla de la isla con una ternura que ningún otro personaje iguala. "La isla está llena de ruidos que deleitan y no dañan." Ese no es el lenguaje de un monstruo. Es el lenguaje de alguien que ama el lugar donde nació.

La sociedad fabrica monstruos justo cuando los necesita. El proceso es siempre el mismo: se señala la diferencia, se interpreta como peligro, se construye un relato que lo vuelve natural, casi biológico. Lo vimos con los pueblos originarios, con los obreros del siglo XIX, lo vemos hoy con los migrantes e indigentes, con los que no encajan en el molde que alguien más dibujó. El monstruo siempre aparece cuando el diferente empieza a reclamar lo que le pertenece.

Calibán reclama la isla. Eso es todo. Y eso es suficiente para que lo encadenen.

Próspero al final abandona la isla y se lleva su magia. Calibán se queda. La isla siempre fue suya. Y cada vez que una sociedad señala con el dedo y pronuncia esa palabra —monstruo, bestia, cosa de oscuridad— vale la pena preguntarse a quién le conviene ese nombre. Y a quién se lo están poniendo para no tener que escucharlo.

lunes, 20 de abril de 2026

La especia que buscamos


Hace poco más de dos semanas, cuatro personas sobrevolaron la Luna. El 1 de abril de 2026, la misión Artemis II completó el primer vuelo tripulado más allá de la órbita baja desde el Apollo 17 en 1972. El 6 de abril capturaron imágenes del lado oculto de la Luna mientras la Tierra aparecía como una delgada medialuna suspendida en la oscuridad.Fue, sin duda, hermoso. Y sin embargo, algo en ese vuelo me hizo pensar en Dune, escrita por Frank Herbert en 1965.  

No en la novela como espectáculo, sino en lo que Herbert miraba de verdad cuando la escribió: el mecanismo por el cual una civilización decide que cierto lugar remoto e inhóspito merece ser conquistado. Arrakis no tenía nada que ofrecer excepto la especia, esa sustancia sin la cual el universo conocido se detendría. Todo lo demás —el sufrimiento de los Fremen, la ecología destruida, las guerras dinásticas— era el precio que alguien más pagaba.

Artemis II fue un sobrevuelo, una prueba de sistemas. Pero el programa no oculta sus ambiciones. La NASA no busca repetir el Apollo: la meta es ir a la Luna y quedarse, construir una base, abrir el camino a Marte. Y detrás —o más precisamente, al lado y cada vez más adelante— están SpaceX y Blue Origin, con sus propios calendarios y su propia visión de lo que significa colonizar otro mundo.

¿Cuál es la especia de Marte? Puede ser el agua en sus polos, el helio-3, o simplemente el espacio como válvula de escape para una Tierra que se queda pequeña. O puede ser algo más viejo: el control. El que llega primero, nombra. El que nombra, posee. Lo que sí sabemos es que ese viaje ha costado 93 mil millones de dólares proyectados, y que no está siendo financiado por poetas. Está siendo financiado por gobiernos que negocian con empresas que tienen accionistas que esperan retorno.

Nada de eso hace que el vuelo sea menos asombroso. Pero Herbert nos enseñó algo que vale la pena recordar mientras miramos esas imágenes desde la ventana del Orion: que la maravilla y la ambición viajan siempre juntas, y que la segunda no siempre tiene los mejores modales.

Paul Atreides llegó a Arrakis creyendo que venía a gobernar. El desierto lo transformó antes de que él pudiera transformar al desierto.

Ojalá aprendamos eso antes de llegar.


domingo, 19 de abril de 2026

"Vendrán lluvias suaves: Reflexión sobre la guerra y el futuro"

Hay un cuento de Ray Bradbury que me impresionó mas que otros. No tiene personajes de carne y hueso, no hay diálogos ni héroes. Es, básicamente, la descripción de una casa que sigue haciendo sus cosas aunque ya no queda nadie para habitarla.

Vendrán lluvias suaves forma parte de las Crónicas Marcianas, publicadas en 1950 —cinco años después de Hiroshima. Bradbury escribió ese texto todavía con el olor a ceniza en el aire.

La historia ocurre en agosto de 2026 —este año, para ser precisos— en una ciudad de California borrada por una guerra nuclear. La casa inteligente no lo sabe, o no le importa, que viene a ser lo mismo. La cocina prepara el desayuno. Los ratones mecánicos limpian el piso. Todo funciona con puntualidad impecable para una familia que murió en el jardín, dejando sus siluetas grabadas en la pared como una fotografía negativa del horror. La rutina persistiendo después del fin. El rito continuando sin el dios.

Me detengo en eso porque es exactamente lo que vemos cuando miramos las guerras actuales. Ucrania lleva más de tres años bajo bombardeos. Gaza ha sido reducida a escombros con una sistematicidad que ya no escandaliza porque el escándalo continuo se vuelve ruido de fondo. El Sudán, el Congo, el Yemen. En todas partes lo mismo: las estructuras funcionando, los discursos repitiendo consignas de soberanía y valores, mientras los muertos se convierten en cifras y los niños aprenden a distinguir por el sonido si el misil va a caer lejos o cerca.

La guerra moderna tiene esa cualidad mecánica que le aterraba a Bradbury. Los drones vuelan solos. Los algoritmos identifican blancos. La casa sigue funcionando. Solo que ya no hay nadie adentro.

El poema que la casa recita esa noche —programada para hacerlo aunque nadie escuche— es de Sara Teasdale, escrito en 1920, después de la Primera Guerra Mundial: "vendrán lluvias suaves y olores de tierra... y nadie sabrá nada de la guerra, a nadie le interesará que haya terminado. A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, si la humanidad se destruye totalmente, la primavera al despertar apenas sabrá que hemos desaparecido."

Hay algo brutal en esa indiferencia de la naturaleza. Consuela porque el mundo seguirá siendo hermoso. Desespera porque esa belleza no nos necesita. Y sin embargo insistimos en destruirnos como si la guerra fuera lo que nos define, como si la especie no pudiera existir sin ese ejercicio periódico de matarse entre sí.

Lo que más me inquieta del cuento no es la destrucción. Es el olvido. Las ciudades arrasadas que desaparecen de los titulares. Los muertos que dejan de ser personas. La memoria que se apaga porque a los que quedan les resulta insoportable mantenerla viva.

Y sin embargo Bradbury dejó el poema de Teasdale en el centro del cuento, como una nota al pie: la naturaleza sobrevivirá, las golondrinas seguirán girando, el mundo seguirá siendo. No sé si eso es esperanza o simplemente la constatación de que somos prescindibles. Tal vez sea la única honestidad posible: reconocer la propia pequeñez y seguir apostando, de todas formas, a que vale la pena no destruirse.

Este año, 2026, es el año en que transcurre el cuento. Bradbury eligió esa fecha hace setenta y cinco años. No acertó —todavía— en los hechos. Pero en lo que denunciaba, lleva demasiado tiempo teniendo razón.

sábado, 18 de abril de 2026

Mar hondo: cuando el mar no es paisaje, sino destino


En “Mar hondo” (1949) de Zady Zañartu no hay aventura ni épica fácil. El mar no aparece como horizonte de libertad, sino como una condición que se impone. Leído hoy desde la figura del pescador artesanal —heredero de la cultura changa— el cuento se vuelve aún más concreto: no habla de un pasado lejano, sino de una continuidad.

Ese pescador no enfrenta solo el oleaje. Enfrenta cuotas, vedas, intermediarios, combustible caro, y un ecosistema cada vez más presionado. Pero el núcleo no cambia: el mar sigue siendo una fuerza que no se controla. Se conoce, se respeta, se intuye… pero nunca se domina. En eso, Zañartu es precisa: sus personajes no conquistan nada, apenas resisten. Y esa resistencia no es heroica, es cotidiana.

Ahí está el punto más incómodo del cuento. La experiencia —años en el mar, saber leer el viento, entender las corrientes— no garantiza resultado. Puedes hacer todo “bien” y aun así volver con las redes vacías, o no volver. Esa lógica sigue operando hoy, aunque cambien las condiciones. La incertidumbre no desaparece, solo se transforma.

En esa línea, Zañartu se acerca al criollismo de Mariano Latorre, pero sin dejar espacio para consuelo narrativo. El entorno no acompaña, determina. Y cuando se mira desde el presente, el “mar hondo” ya no es solo profundidad física: es también un sistema donde el margen de decisión es limitado. El pescador artesanal no elige en abstracto; decide dentro de restricciones que no controla.

Por eso el cuento sigue funcionando. No porque describa bien el mar —que lo hace— sino porque captura una relación: la de alguien que vive de un medio que nunca le ha pertenecido. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa tanto al relato como al presente: cuánto de esa vida es realmente elección, y cuánto es, simplemente, aprender a no hundirse en un mar que cambió de forma, pero no de lógica.

sábado, 18 de marzo de 2023

Blogueros



De todas las castas miserables que pueblan Internet, los blogueros son la existencia más intolerable; llevarse bien con ellos es imposible, y es más divertido conectar con la musica de espera de cualquier institución pública...  
Pero si bien es fácil destruirlos, es imposible (la pluma es más fuerte que la espada), nunca nos desharemos de ellos, nunca podremos vencerlos, seguirán condenando a los internautas a la pesadilla carcelaria. de su obra, seguirán enfermando el alma del mundo, apestarán con palabras el cielo azul de la percepción, esos pseudointelectuales seguirá asesinando mentes con esos imposiblemente llamados "posts"
...fracasaremos en siquiera intenta borrar las palabras, el genocidio metafórico, la extinción masiva de la lengua española... ríete de mí...


 

martes, 26 de julio de 2011

Lecturas

Suele sucederme que mientras escribo o leo, al tiempo que extraigo algunos pensamientos e ideas para traducirlos en palabras, pienso en paralelo en las muchas formas en que puede ser leído e interpretado todo escrito según quién lo lea, mi mente sigue su curso hacia él o ella o los lector/es de libros, incluyéndome en ellos. Estas ideas que vaga pero persistentemente no me abandonaban, se iluminan cuando leo. Y también me di cuenta que las había encontrado antes, sin identificarlas, en otros autores. Tal vez fue el último libro que he leído, el que trajo el germen de estas ideas a mi mente. Aunque más que ideas eran sentimientos: me resultaban nebulosos y no sabría explicarlos.

No me refiero a la lectura funcional, imprescindible para llevar adelante una tarea manual o intelectual, sino a la lectura como alimento interior, goce, angustioso y comprometido descubrimiento. Este último tipo de lectura es el exigido por una literatura que en términos muy generales puede llamarse “vanguardista”, pues necesita de un lector dispuesto a enfrentar lo que no sabe.
Creo que un lector creativo es alguien que no sólo vive la lectura como una necesidad, sino que, aunque nunca escriba, moviliza su imaginación, su memoria, sus afectos, alguien capaz de interpelar a su consciencia para atreverse a lo no conocido. Es en definitiva alguien que logra aumentar en mucho sus grados de libertad.

La palabra, en su inevitable sucesión, en su resonancia asociativa y evocadora, está ligada a una experiencia del tiempo que es incanjeable con otros medios.
Si un libro me interesa realmente, no logro seguirlo más que unas cuantas líneas sin que mi mente, captando un pensamiento que el texto le propone, o un sentimiento o un interrogante, o una imagen, se salga por la tangente y salte de pensamiento en pensamiento, de imagen en imagen, por un itinerario de razonamientos y fantasías que siento la necesidad de recorrer hasta el final, alejándome del libro hasta perderlo de vista. El estímulo de la lectura me es indispensable, y de una lectura sustanciosa, aunque sólo consiga leer unas cuantas páginas de cada libro. Pero ya esas pocas páginas encierran para mi universos enteros, a cuyo fondo no consigo llegar. Tal vez esa posibilidad de divagar, inmiscuirse y perderse en uno mismo y en el mundo ofrecido por la creación sea un atributo único de la lectura.

¿Debería la sociedad promover este tipo de lectores? En realidad no lo hace. Por más que en los discursos se exalte la educación y el desarrollo del espíritu crítico, ni la enseñanza ni la sociedad incentiva a este tipo de lectores. Son candidatos natos de la contracultura. Si ésta existiera se la distinguiría por su marco de valores crítico, flexible, en ebullición, capaces de albergarlos.

Nada es más personal y aislado que el acto de leer, aunque al hacerlo se esté participando virtualmente del mundo de otros. Que ese vínculo inmaterial sea consciente e integrador depende del mundo en que se proyecte el lector.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

La vida según Quino



Viendo la película "El extraño caso de Benjamin Button" recordé una relexión hecha por Joaquin Salvador Lavado, Quino para los amigos:

… Pienso que la forma en que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero para salir de eso de una vez.

Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí.

Entonces empiezas a trabajar, trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación.

Luego fiestas, parrandas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estés listo para entrar a la secundaria…

Después pasas a la primaria y eres un niñ@ que se la pasa jugando sin responsabiliddes de ningún tipo…

Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio,hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo…

¡¡¡ESO SÍ ES VIDA!!!


martes, 7 de septiembre de 2010

Libros y blogs


    Hasta que Blogger se harte y nos desaparezca. Entonces deberemos esforzarnos en inventarnos de nuevo. El día que nuestros post aparezcan impresos en un ataúd literario ( algunos le llaman "libro" ), ese día habremos muerto. Claro que los ataúdes pueden ser hermosos, pero no dejan de ser cajas cerradas que envuelven la vanidad del escritor. Al escritor le importa una mierda el pensamiento del lector. Solo aprecia su admiración.¿ conoces algún escritor que haya revisado sus primeras ediciones en función de las críticas y observaciones de los lectores ?  Y si así a sido ¿ reconoce que la autoría del libro es compartida?. Alguno habrá supongo, como excepción que confirme la regla. Yo aprecio los blogs por la ausencia de autosuficiencia de los que intervienen, por la capacidad de asumir críticas, y por reinventar nuetras ideas en función de las apreciaciones de los demás.

    La participación es lo que da sentido a los blogs. Esa es su magia. Por ahora debo conformarme con vuestra magia. Poco podré aportar por mi parte durante este mes, a no ser que queráis sentiros responsables de mi fracaso laboral. El trabajo de setiembre con las vacaciones de los compañeros me agobia ...

sábado, 8 de mayo de 2010

Una reincidencia de mi día "cronopio"...



Filantropía
Los famas son capaces de gestos de una gran generosidad, como por ejemplo cuando este fama encuentra a una pobre esperanza caída al pie de un cocotero, y alzándola en su automóvil la lleva a su casa y se ocupa de nutrirla y ofrecerle esparcimiento hasta que la esperanza tiene fuerza y se atreve a subir de nuevo en el cocotero. El fama se siente muy bueno después de este gesto y en realidad es muy bueno, solamente que no se le ocurre pensar que dentro de pocos días la esperanza va a caerse otra vez del cocotero. Entonces mientras la esperanza está de nuevo caída al pie del cocotero, este fama en su club se siente muy bueno y piensa en la forma en que ayudó a la pobre esperanza cuando la encontró caída.
Los cronopios no son generosos por principio. Pasan al lado de las cosas más conmovedoras, como ser una pobre esperanza que no sabe atarse el zapato y gime, sentada en el cordón de la vereda. Estos cronopios ni miran a la esperanza, ocupadísismos en seguir con la vista una baba del diablo. Con seres así no se puede practicar coherentemente la beneficencia, por eso en las sociedades filantrópicas las autoridades son todas famas, y la bibliotecaria es una esperanza. Desde sus puestos los famas ayudan muchísismo a los cronopios, que se en fregan.

JULIO CORTÁZAR
"Historias de Cronopios y de Famas"

viernes, 7 de mayo de 2010

Sobre Cronopios y Famas



Hoy me siento cronopio.......
Viendo llover en mi ciudad, quiero ser uno de esos alegres, inofensivos, desordenados y cálidos seres que Cortázar percibió y descubrió para nosotros.
Y dejar los recuerdos sueltos por la casa, llenos de alegría, y cuando pase corriendo uno, acariciarlo con suavidad (como hacen los cronopios) y decirle: "no vayas a lastimarte" y también: "cuidado con perderte...." o "no te alejes demasiado...."
Y comprar dos hilos, pero uno azul, y como afuera llueve, protegerlo.
Y quiero traer (algún día aquí a mi blog) un cuento de cronopios, esos eternos distraídos, desencontrados de "famas" y "esperanzas"..... (los famas son serios y buenos y las esperanzas bobas)

viernes, 16 de abril de 2010

Analfabeto



Me da algo de vergüenza confesarlo pero soy un ser básicamente analfabeto. Analfabeto, sí. Y no me refiero a la definición técnica del término ya que evidentemente sé escribir (y por tanto se supone que leer) sino a un sentido más amplio del término. Y es que un simple paseo por entre las estanterías de cualquier librería, por modesta que ésta sea, me demuestra la gran cantidad de libros que me quedan por leer y que seguramente no leeré jamás. Se me puede argumentar que hay cosas que aunque no las lea no me pierdo nada, y es cierto. Por ejemplo, la colección de novelas rosa de bolsillo, la autobiografía de encargo de la última persona de moda de las revistas del corazón, o los manuales de autoayuda "Yo me he llevado tu queso" (que por desgracia leí… mea culpa). Sin embargo, aún quitando esos libros... ¡Cuánto me queda por leer! Y lo peor es que aun siendo absolutamente riguroso en la selección, y quedándome únicamente con los "clásicos", el número volúmenes que se me amontonan es enorme. Y es que tengo que confesar que no he leído muchos libros de "obligada" lectura. Desde obras que podíamos clasificar de sencillas como "Los 3 mosqueteros" hasta cosas mas serias como "Los miserables", pasando por "La colmena". Estos libros se me acumulan en el trastero de mi memoria intentando que yo los haga vivir una vez más. Quien sabe si lo lograrán. Y es que no voy a ser hipócrita, leer es una actividad que cuesta trabajo y me estoy volviendo cómodo. Uno llega a casa y pone la televisión en marcha casi como ritual y se queda embobado con esas lucecitas que aparecen, o enciende el computador y se conecta a una ventanita donde aparecen otro tipo de lucecitas que también, a veces, le emboban (por suerte no siempre). Y en fin, el tiempo dedicado al libro se va acortando. Sirva esto de público propósito de enmienda. No quisiera que me pasara la vida sin intimar con algunos de estos personajes.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Post


Abuelo, ¿dónde van los blogueros cuando mueren? -Humm, déjame pensar. Cuando muere un bloguero su alma, o lo que queda de ella, va a las puertas del Olimpo de los blogueros, allí un grupo de colegas muertos hace tiempo analiza lo producido por sus posts y luego decide. Los que han hecho llorar, ellos irán a la orilla del río de las lágrimas; los que han hecho reír, ellos irán a la cueva de las carcajadas; los que han emocionado, ellos irán al monte de los corazones agradecidos. Todos serán felices. Los que han descrito acciones puras y lugares bellos serán ubicados mirando eternos atardeceres; aquellos otros que se regodearon en los defectos de todo tipo así como en las situaciones más abyectas, obtendrán un mirador exclusivo sobre el ultimo circulo del infierno, no pudiendo apartar la vista de allí. -¡Oh! ¿Y que más? -Le será impedida la entrada a todo aquel que no haya producido en sus lectores ni lagrimas, ni risas y menos aun emociones; aquel que no haya sido honrado con sus ideas, con sus ideologías, con sus convicciones, vendiéndose por una edición o menos; además no solo no entraran sino que se les quitara el titulo de bloguero, a aquellos que hayan posteado sin ocuparse de la gramática, la ortografía, la sintaxis, el estilo y todas otras herramientas que hacen más agradable el leer. -¿Y a estos como les llamaran? -Ese es otro cuento, ahora duerme...

jueves, 6 de agosto de 2009

La crítica



" Basura sentimental (...), muestrenme una sola pagina que contenga una idea", eso dijo el crítico ruso al publicarse Anna Karenina; y Lope de Vega no fue suave con el manco de Lepanto: "De poetas, no digo: buen siglo es este; muchos en ciernes para el año que viene pero ninguno tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote"; un editor (opinó que con bastante delicadeza) rechazó "En busca del tiempo perdido", de Proust, diciendole en una carta:" Mi querido amigo, quizá debo estar muerto del cuello hacia arriba, pero por mas que me debano los cesos no acierto a ver porque alguien necesita treinta paginas para describir cuantas vueltas se da en la cama antes de dormir". Lo que me gusta de estos estrepitosos errores de juicio es que se enunciaron con toda claridad, con adjetivos inequívocos, sin los meandros y academicismos incomprensibles con que tan amenudo nos tortura la critica "seria" de hoy. Porque como dice la autora de donde saque estos ejemplos, hay gloria en atreverse a fallar.