Toda sociedad necesita un código compartido, una especie de brújula ética. No para que todos caminemos en fila india, sino para saber dónde están los acantilados. El problema es que hoy esa brújula se ha vuelto loca. Ya no marca el norte; se ha convertido en un imán.
Una brújula orienta; un imán, en cambio, solo atrae o repele. Y cuando la moral funciona así, el mundo se vuelve un lugar binario y asfixiante: o eres de los "nuestros" o eres el enemigo.
Lo vemos a diario. Alguien comete un error, o simplemente lanza una opinión que incomoda al dogma de turno, y el mecanismo se activa. En segundos, el contexto desaparece. No importa quién sea esa persona, qué haya hecho antes o cuál sea su intención. Reducimos una vida entera a un solo post, a un solo segundo, a un solo traspié.
No hay hogueras físicas como en la Inquisición, pero la muerte civil es igual de real. El castigo ya no es una multa o una celda, sino el aislamiento, la humillación pública y esa etiqueta de "cancelado" que parece imposible de despegar.
Una sociedad que no permite la rectificación es, en realidad, una cárcel de apariencias. La moral sana es la que entiende la fragilidad. Castiga, sí, pero con proporcionalidad. Señala el error, pero no borra la dignidad de quien lo comete.
Si convertimos la ética en un campo magnético que solo sirve para expulsar a la gente del mapa, no estamos defendiendo valores; estamos alimentando el tribalismo. Necesitamos volver a la brújula: esa que nos recuerda que nadie es, ni de lejos, la suma total de su peor momento.


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