sábado, 28 de febrero de 2026

Adiós a los relojes

 


Las estrellas no saben nuestros nombres ni registran nuestras biografías. No celebran nuestros nacimientos ni guardan luto por nuestras muertes. Siguen su curso con una indiferencia impecable, trazando órbitas que no dependen de nuestras dudas ni de nuestras certezas. Mientras nosotros contamos segundos, ellas cuentan eras.

Aquí abajo discutimos el sentido de la vida como si fuera un teorema pendiente de demostración. Allá arriba, en medio del fuego y el polvo cósmico, la materia ensaya combinaciones improbables que un día dieron origen a algo extraordinario: conciencia. No hay intención visible en ese proceso, solo física persistente. Y sin embargo, de esa mezcla brutal surgió la capacidad de preguntarse por el porqué de todo.

Resulta paradójico: el universo, que no parece necesitar significado, produjo seres que no pueden vivir sin buscarlo. Somos polvo que aprendió a mirarse. Un destello breve en una extensión que no conoce prisa. Nuestra vida no altera la trayectoria de las galaxias, pero sí altera el pequeño territorio que ocupamos mientras respiramos.

El tiempo, por su parte, nos desarma. Lo llamamos eterno porque no vemos su principio ni su final; lo sentimos finito porque nuestra experiencia es limitada. Vivimos en esa tensión: lo infinito como escenario y lo limitado como condición. Y quizá por eso mismo cada instante adquiere peso.

No sabemos si el universo replica aquí lo que ensaya en otros rincones. No sabemos si la vida es excepción o costumbre cósmica. Lo que sí sabemos es que ocurre ahora, aquí, en esta fracción mínima de duración que nos fue concedida. Y desperdiciarla sería el único gesto verdaderamente incomprensible en medio de tanta vastedad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario