miércoles, 25 de febrero de 2026

Cuando las alianzas se vuelven cadenas


Recuerdo el día en que entendí que no todo lo que une libera. Fue una tarde cualquiera. Una conversación aparentemente inofensiva. Alguien dijo: “Lo hacemos por lealtad”. Y la palabra cayó como una moneda antigua sobre la mesa. Brillaba. Pesaba. Pero también ataba.

El error más común es confundir el compromiso con el aguante. Empezamos construyendo puentes y, sin darnos cuenta, terminamos levantando muros que nos encierran. La señal de alerta no es un gran conflicto, sino el silencio acumulado: esas opiniones que te guardas y esos sueños que apagas para que la relación no se tambalee.

​¿Sostienes o te sostienen?

​Una alianza que funciona debe ser un motor de expansión, no un contrato de reducción. Si para mantener el "nosotros" tienes que amputar partes de tu identidad, no estás viviendo un amor o una fidelidad sana; estás pagando una hipoteca emocional que no te corresponde. Las alianzas reales acompañan, no pesan.

​El acto radical sería, no aguantar por inercia, sino tener la valentía de volver a elegir. Si la estructura te obliga a hacerte pequeño para encajar, el problema no eres tú, es el molde.

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