jueves, 29 de enero de 2026

“Cuando amar es quedarse”




A veces la angustia no grita.

Se queda sentada en una silla de hospital, con un café frío entre las manos y el corazón latiendo demasiado rápido para un cuerpo que no se mueve.

Es mirar a alguien que amas conectado a cables, monitores y silencios, y descubrir que el miedo no siempre se parece al pánico. A veces se parece a la espera. A contar respiraciones ajenas como si fueran propias. A negociar con Dios en voz baja: si hoy pasa la noche, prometo no pedir nada más.

En esos pasillos aprendemos verdades que no salen en los libros. Que la medicina es precisa, pero el amor es torpe. Que los doctores hablan de probabilidades, mientras tú solo escuchas nombres, recuerdos, futuros posibles que no quieres perder. Que la palabra estable puede ser un consuelo o una amenaza, dependiendo del día.

La angustia de tener a alguien enfermo es sentirte inútil en tu versión más honesta. No puedes curar, no puedes acelerar el tiempo, no puedes cambiar el diagnóstico. Solo puedes estar. Y a veces, estar duele más que irse.

Pero también pasa algo extraño. En medio del miedo, el amor se vuelve brutalmente claro. Cada gesto importa. Cada “aquí estoy” pesa más que cualquier promesa. Y aunque nadie te lo diga, acompañar también es una forma de salvar.

Porque cuando alguien que amas está enfermo, no solo lucha su cuerpo. Luchan todos los que lo esperan. Y aun así, seguimos ahí. Con angustia, con esperanza, con el corazón cansado… pero presentes. Siempre presentes.

Dedidado con especial cariño a mi sobrina Fernanda Pedrero. Dios escucha. 

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